Tras el debate

Leonardo Curzio

El Estado mexicano es un gigante político con pies de barro administrativo.

La relación de México con EU se ha convertido en una relación líquida. Todos los elementos convencionales han tendido a moverse como un fluido incontrolable. La imprevisibilidad de Donald Trump ha hecho que todo esté en entredicho. Hoy ni el más audaz de los analistas se atreve a decir cómo quedará esa relación después de la pesadilla Trump, porque me queda claro que el mal sueño habrá de terminarse y se reconocerá que ambas naciones comparten intereses, población y una agenda de seguridad que deben administrar de manera conjunta.

La incertidumbre externa no es obstáculo para que México se proponga tareas que movilicen a un nuevo gobierno y a una generación completa. Selecciono tres que me resultan propicias. Independientemente de quién gobierne el país, la reducción de desigualdades es una prioridad ética y económica. Cuando digo económica me refiero a la viabilidad misma del país, que, con la mitad de pobres o con salarios de miseria, no puede plantearse un crecimiento mayor, y a un elemento básico de relación con el exterior. Hoy las economías más importantes del planeta acusan a naciones de renta media, como la nuestra, de practicar el dumping. La competitividad de México no puede depender de los bajos salarios en el futuro y, además, se debe mejorar el prestigio de México en el exterior. De todos los estigmas que marcan la imagen de nuestro país, prevalece el de un país bárbaro y desigual. La imagen de un país injusto y corrupto favorece la demagogia trumpista y el antimexicanismo.

México debe esforzarse por trabajar su reputación de una manera renovada; la imagen del país no cambia con campañas publicitarias. Hoy la reputación es un valor fundamental para compañías, candidatos y naciones, y un buen prestigio se construye desde la propia realidad. No se puede comunicar que una marca de vehículos es maravillosa si resulta disfuncional. Para vender marca y reputación se tiene que transformar una realidad.

La tercera gran tarea es demostrar que el Estado mexicano tiene capacidades para controlar lo que ocurre en el país. Cuando Trump acusa al gobierno mexicano de no hacer nada para impedir el tráfico de personas en su frontera sur, parece suponer que las autoridades mexicanas no quieren hacerlo por una cuestión de cálculo político, pero en realidad, en México, sabemos que el gobierno no lo hace porque no puede, porque no tiene instrumentos ni capacidades. El Estado mexicano es un gigante político con pies de barro administrativo.

 

 

 

 

 

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