¿Transición de terciopelo? ¿O de cierto pelo?

Ricardo Rocha

Para quienes aseguran que lo peor ya pasó, habría que recordarles que están pendientes temas espinosísimos como Odebrecht que todo indica que Peña Nieto quiere resolver antes de terminar su gobierno.

Pueden ser cualquiera de las dos posibilidades: que esta etapa de absurdos e inacabables cinco meses siga transcurriendo sin un choque frontal entre el que se va y el que llega; o que surjan como antier uno o varios diferendos que se salgan de control y desaten un enfrentamiento de proporciones inimaginables. Porque vaya que en los dos equipos hay halcones que quieren ver sangre y palomas que buscan contener la posibilidad de un pleito que descomponga el escenario idílico, que ambos presidentes han pactado, para los exactamente cien días que faltan hacia el 1 de diciembre.

Este lunes Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador tuvieron la primera prueba de fuego para su templanza por la abismal diferencia de visiones sobre la crucial Reforma Educativa. Para Peña, su iniciativa ya camina y es constitucional. Para López Obrador la Reforma ha de ser derogada.

Apenas el sábado anterior, AMLO dijo en la Asamblea Extraordinaria de Morena, que todavía no se la creían, que estaban “como en un sueño”. Pues Peña y los suyos parecen estar viviendo una interminable pesadilla. Peor para ellos, apenas dos horas antes del encuentro presidencial, una exultante y desafiante maestra apareció en ese primer día de clases: “yo estoy libre y la Reforma Educativa se ha derrumbado”. Así que el refrendo de López Obrador implica que Elba Esther Gordillo está de vuelta y con toda la fuerza descomunal de la revancha. Por supuesto que es determinante la exoneración judicial, pero pesa todavía más la victoria política.

Y para quienes aseguran que lo peor ya pasó, habría que recordarles que están pendientes temas espinosísimos como Odebrecht que todo indica que Peña Nieto quiere resolver antes de terminar su gobierno. Que por cierto dicen sus cercanos, debiera mostrarse más enérgico, en el ejercicio de un poder que se le escapa entre las manos pero que todavía puede ejercer a plenitud.

Para Andrés Manuel y su equipo 100 días son también insoportables. A todos ya les anda por despachar en sus cargos. Algunos incluso ya se comportan con la soberbia necesaria como para olvidar convenencieramente que están ahí no por sus méritos, sino por el tsunami que todo arrasó a su paso.

No se trata de amarrar navajas, pero son tan opuestas sus concepciones de país, que el presidente en funciones y el electo deberán hacer un esfuerzo supremo de control, de ellos y sus huestes. Que cien días no son nada; aunque parezcan todo.

 

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