28 / julio / 2021 | 09:32 hrs.

Todas las familias felices (Segunda parte)

Lídice Rincón Gallardo

Para mis hijos: Lídice, Emmanuel y Gilberto

Asistir una mañana a acompañar a los hijos e hijas al colegio nos puede dar una idea de la diversidad de estructuras familiares que están aquí, presentes en nuestro ámbito inmediato, coexistiendo con nosotros y ampliando nuestra visión de los modelos familiares.

Hay niños y niñas que son acompañados por un padre y una madre, otros que son conducidos al salón de clases por los abuelos, e incluso están los hermanos mayores que deben hacerse cargo de la responsabilidad por su cuidado.

Hay niños y niñas hablantes de lenguas indígenas, que viven con VIH/ Sida, que viven con alguna discapacidad o que son producto de familias monoparentales. Estos pequeños y pequeñas no deben ser colocados en situación de riesgo o exclusión, a causa de los prejuicios y estigmas discriminatorios que una sociedad sigue sosteniendo en contra del mandato constitucional de no discriminación.

Las familias son valiosas por lo que son y expresan, más allá de lo que cada época determina como la unión familiar ideal. Las familias deben ser producto de decisiones conscientes, de la solidaridad expresada entre sus integrantes aún en tiempos de coyuntura. Por eso cada vez más nos encontramos con familias reconstituidas, es decir, aquellas que son el producto de la reconfiguración de una unión inicial que se ha visto alterada por las circunstancias sociales. Así ocurre con las familias de las y los jornaleros agrícolas, de las persona migrantes o –también hay que decirlo– de quienes han perdido un miembro a causa de la violencia relacionada con el crimen organizado.

Imaginemos por un momento que podemos asomarnos a la intimidad de la familia del vecino, aquella que no conocemos muy bien pero que está muy próxima a nosotros.

Probablemente hablen una lengua indígena, tengan algún integrante deprimido o vivan con alguna persona con discapacidad; incluso podríamos percatarnos de que los abuelos son quienes cuidan de los nietos en vista de la ausencia de los padres, o de que esos hogares tienen dos jefes o dos jefas de familia.

Y también veríamos que ellos y ellas tienen rutinas de solidaridad, que se expresan en las comidas compartidas, en la realización común de las tareas escolares, en los paseos y las charlas de sobremesa. Exactamente de la misma manera que hacemos nosotros y nosotras en nuestro propio hogar.

Pero para que esto ocurra, necesitamos observar a la no discriminación como una obligación de Estado que incide también en las familias. Y es que –parafraseando a Tolstoi– todas las familias merecen la felicidad, aunque en el camino encuentren obstáculos que la garantía del derecho a la no discriminación ayuda a sortear.

*Directora del Instituto Municipal para Prevenir y Eliminar la Discriminación

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