Sobrevivir la Historia

Gerardo Proal de la Isla

Los dichos populares son parientes muy cercanos de la verdad. Uno de ellos dice que “viajar ilustra” y definitivamente es una realidad. En particular, las ciudades con orígenes milenarios y que en nuestros días tienen presente y una visión de futuro, son maravillosas. Más aún cuando se tiene la oportunidad de mirarlas no solamente con los ojos, sino también con el corazón y la emoción de conocer y admirar lo que han vivido y sobrevivido.

Recorrer las calles y observar las múltiples expresiones de la belleza materializada en la arquitectura nos hace pensar en tantas y tantas generaciones que día a día fueron dando forma a espacios y construcciones que hablan de la grandeza del hombre y de lo que su mano ha venido realizando con ideas claras y propósitos compartidos. La suma de las expresiones van detallando la personalidad de las ciudades. también lo hace las costumbres y tradiciones de los pueblos en esta enorme diversidad que encontramos a lo largo y ancho del mundo entero.

Las ciudades son lo que sus habitantes y sus gobernantes han hecho de ellas al paso del tiempo y   sobre todo al paso de sus aciertos, por que los errores propician circunstancias que pueden llegar a destruirlas. Es claro que muchas ciudades en el mundo han sufrido pérdidas irreparables cuando son escenario de acontecimientos terribles, como lo es la guerra, el peor error que el hombre ha cometido a lo largo de la historia, aunque la guerra misma llegue a formar capítulos de la historia de los lugares que habitamos. También hay otras tragedias silenciosas y que las destruyen. La falta de visión de largo plazo; el darle mayor importancia a los intereses personales encima de los generales; la intolerancia ante la diversidad de ideas; la indiferencia ante las realidades de los problemas que las aquejan, etc.

Pero volviendo un poco a las costumbres y tradiciones de quienes habitamos las ciudades, es en ellas donde encontramos y percibimos cuando una ciudad es viva y no envejece a pesar del paso del tiempo mismo. Ese es uno de los valores más altos que puede tener una comunidad, el mantener la ciudad y sus espacios con vida propia. Ocurre con las ciudades como con las casas, se alimentan de trajín diario de su gente. Las sonrisas, las charlas, los ruidos de los pequeños que juegan en ellas, pareciera que son el alimento que las mantiene vivas y alegres. Los olores y sabores de las cocinas nutren las paredes, el velar los sueños de las familias las hacen especiales y únicas. También la hospitalidad hace su parte. Recuerdo que mi madre decía que hay casas que te acogen y casas que te avientan. Llegar a un lugar donde eres bien recibido y atendido te hace sentir bien, por el contrario, en aquellos lugares donde llegas y no te invitan siquiera a sentarte, te hacen sentir la imperiosa necesidad de salir corriendo. En las ciudades también aplica el dicho.

Las casas que se abandonan o que se cierran, sufren un deterioro irreversible y llegan a derrumbarse y perderse en el olvido mismo. Hay que cuidarlas, mantenerlas y protegerlas, pero también hay que habitarlas y disfrutarlas para que mantengan su propósito y su razón de ser. En nuestro país, respeto profundamente muchos de los criterios de cuidado y conservación de sitios y espacios en las ciudades, pero difiero enormemente de que para conservarlos deben estar ajenos a los ojos de quienes intentes visitarlos y conocerlos. No se puede amar lo que no se conoce, lo que no se vive. Por eso me agrada mucho lo que hay en ciudades milenarias que propician que los espacios tengan la posibilidad de ser visitados, que muestran con orgullo como día a día sobreviven la historia misma. Nadie es ajeno a su ciudad ni a su casa.

Particularmente en Querétaro y perdón que insista como lo hago en este espacio que comparto cada miércoles, estamos viviendo un momento trascendental en lo que será historia dentro de años. No dejemos de considerar que hoy tenemos la oportunidad de nuestra ciudad siga siendo bella y hospitalaria. Que tenga espacios abiertos a sus habitantes y a sus visitantes, que cuente con verdaderas áreas verdes para su disfrute, con otras formas de transporte para dejar de usar los autos. Que se sigan generando empleos, seguridad y acciones de toda la sociedad para reducir la brecha entre la riqueza y la pobreza. Al fin y al cabo todos y cada uno de nosotros tenemos en mayor o menor parte, la responsabilidad de cuidar nuestro patrimonio común que el día de mañana será de otras generaciones. No deja de ser la casa de quienes nacimos aquí o quienes han decidido vivir en ella y nos compete a todos que se tenga la certeza de sobrevivir la propia historia en este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

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