Septiembre, ¿aprendizaje?

Esteban Moctezuma Barragán

Hay que empeñar, además del corazón, el cerebro, en un tema que ya debería ser, para los mexicanos, algo manejado por expertos con gran experiencia.

Ante las tragedias naturales, aprendamos de lecciones pasadas. Tengamos protocolos, no sólo de Protección Civil en el momento del golpe de los fenómenos naturales, sino también de acción comunitaria e institucional para afrontar la emergencia y reconstruir la infraestructura que la naturaleza nos daña.

He insistido en la fuerza de la autoconstrucción asistida; la sugiero como una de las técnicas más acabadas para solucionar grandes problemas de destrucción.

A las 23:49 horas del 7 de septiembre de 2017, se registró un terremoto de 8.2 grados, el más intenso en casi 100 años. El movimiento telúrico abarcó las costas del sureste y llegó a la Ciudad de México.

Al día siguiente, hubo una declaratoria de emergencia en el estado de Chiapas. El sismo que percibieron 50 millones de personas, ocasionó graves daños en el sureste mexicano.

El 19 del mismo mes, otra vez la naturaleza hizo sentir su fuerza, ahora en el centro del país, con un sismo de 7.1 grados.

Tanto en 1985 como en el 2017, la sociedad, en un impulso espontáneo, dejó marcada eternamente su huella, al dar la primera respuesta de ayuda a los damnificados y caídos ante el desastre.

Organizadamente, expertos en estructuras, en daños arquitectónicos e ingeniería, evaluaban las viviendas. Diversas imágenes en redes sociales muestran que los mexicanos nacemos con una inquebrantable voluntad de ayudar: existen evidencias gráficas de personas con alguna discapacidad trabajando como voluntarios.

La ayuda internacional también se hizo presente. México recibió apoyo técnico, financiero o en especie proveniente de muchas naciones. Recibió una gran cantidad de ayuda humanitaria, consistente en artículos de primera necesidad, suministros médicos, equipo de trabajo y herramientas.

Sabemos que somos un pueblo solidario. Sabemos que en la adversidad nos ayudamos hombro con hombro; y que ponemos por delante un corazón solidario.

Pero también reflexionemos qué debemos aprender de estas tragedias para ver cómo debe ser la reconstrucción de la vivienda y las escuelas: hay que empeñar, además del corazón, el cerebro, en un tema que ya debería ser, para los mexicanos, algo manejado por expertos con gran experiencia.

Hay quien reconstruyó por autoconstrucción asistida y en muy pocos meses ofreció resultados y hay quien adoptó otro tipo de medidas y no obstante que ha pasado un año del último temblor sigue la destrucción visible y la reconstrucción ausente.

 

 

 

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