Señor Santa

Juan Manuel Badillo

Señor Santa, deme razón de todas las cartas que le escribí suplicando por una bicicleta roja que nunca llegó a mi casa.

De nada sirvió que le explicara, con dibujos mal hechos, el color y la marca de dicha bicicleta, y señalarle que los forros debían ser dorado, y con figuras de un relámpago en los costados. Que en las ruedas tuviera uno de esos mecanismos que hace ruido, como si fuera una motocicleta, y un bonito timbre.

Le pedí que esa bicicleta corriera como el viento para que el perro del vecino no me pudiera dar alcance.

Le dije, una y mil veces, que si no encontraba la roja que exhibían en el mercado, esa del moño rojo, que la azul también me gustaba y no iba a poner muchos peros.

Acláreme, señor Santa si es que escribí mal la dirección y esa bicicleta le llegó al niño equivocado y lo entenderé, porque a mí me enseñaron a no ser terco.

Lo que no acepto es esa necedad de dejar cosas que sí necesitaba pero no me urgían, como pijamas, calcetines y playeras para dormir.

Le escribí, señor Santa, diciéndole que me urgía más esa bicicleta roja para que los demás niños me dejaran jugar a las carreras con ellos y no me hicieran menos.

No fueron suficientes los muchos “por favor” escritos con letra mal hecha de niño de tercer grado de primaria. Tampoco alcanzaron los muchos “Me portaré bien” y la promesa de que ese siete en matemáticas se convirtiera en ocho.

Por esa bicicleta señor Santa era capaz de estudiar y de no quedarme con los “cambios” cuando me mandaran a la tienda.

Cada año era lo mismo: pedir y que llegara otra cosa, y en el peor de los casos sólo las galletas de animalitos y un billete de 100 pesos de antes y que ahora no valen mucho.

Desde entonces las cartas a Santa servían para lo mismo, para pedir razones por esa bicicleta roja que nunca llegó a mi casa.

De nada sirvió que la carta estuviera bien doblada y bien puesta sobre el árbol de navidad, en sobre grande y a la vista de todos.

Tampoco sirvió de nada preguntarle en persona, señor Santa, cuando pasó por mi calle, montado en un triciclo (y no jalado por renos) y empujado por los Tres Reyes Magos.

Le aseguro, señor Santa, que me porté bien todos esos años y seguí todas las indicaciones para comunicarme con usted. Primero la cartita, tomada de una planas en blanco del cuaderno de la escuela, de español, porque decían que ese era el que se usaba para escribir cartas.

Nada de pedir muchas cosas, pocos regalos para que todos los niños del mundo entero alcanzaran, incluidos los de África, y los niños pobres que piden dinero en la esquina de mi casa.

También estaba eso de que Santa se podía cansar y no podía cargar tantos juguetes y que uno se debía acostar temprano y nada de hacerse el dormido, porque Santa era adivino; pero ahora que lo pienso bien, no era tan adivino porque siempre se olvidaba de mi bicicleta.

Nos decían que Santa sabía cuándo uno roncaba en falso y no podíamos esconder la cabeza bajo las mantas y hacerles agujeros para verlo entrar.

Hice todo lo que se me dijeron señor Santa para recibir mi regalo y nada, esa bicicleta roja nunca llegó.

Siempre eran unas líneas que empezaban con un: “Querido Santa, te quiero pedir…” Luego, ya cansado de tanto descuido, esa carta empezaba con: “Señor Santa”, a secas, y continuaba con un, “Deme usted razón de mi juguete”.

¿Será que un niño no tiene derecho de pedir una explicación a Santa y guarda la esperanza de que llegue una disculpa por escrito?

No sirve de nada guardar todavía rencores contra el señor del traje rojo y la barba blanca, y reclamarle al oído, mientras está sentado en los centros comerciales: “Señor Santa, me debe usted una bicicleta”.

Finalmente entendí, con los años, que Santa siempre hace lo que quiere.

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