Selma Ancira

Diego Prieto H.

“Por eso se llamó Babel, porque allí confundió Yahvé la lengua de la tierra toda, y de allí los dispersó por la faz de toda la tierra” —Génesis; 11, 9

El próximo 25 de noviembre, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (de gratos recuerdos para Enrique Peña Nieto), se hará entrega del Premio de Traducción Literaria Tomás Segovia, que otorgan el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Fondo de Cultura Económica y la propia FIL, a la filóloga y traductora mexicana Selma Ancira Berny.

Nacida en 1956, Selma cursó estudios de filología rusa en la Universidad Estatal de Moscú, cuando aún existía la poderosa URSS, y posteriormente realizó estudios de griego moderno y literatura griega en la Universidad de Atenas. Es hija del reconocido actor Carlos Ancira, amiga cercana de mi esposa, Marisa, y se ha dedicado a la traducción de escritores rusos de los siglos XIX y XX, incluyendo a León Tolstói, Alexander Pushkin, Fiódor Dostoievski, Iván Goncharov, Iván Bunin, Mijaíl Bulgákov, Boris Pasternak, Ósip Mandelshtam y Marina Tsvietáieva, de quien Selma ha traducido la mayor parte de su prosa. También ha traído al español autores griegos contemporáneos como Seferis, Ritsos, Kambanelis y María Iordanidu.

En esta primera edición, el jurado para otorgar el premio estuvo conformado por los escritores mexicanos Angelina Muñiz-Huberman, Felipe Garrido y Fabio Morábito, la chilena Cecilia García-Huidobro y el editor argentino Daniel Divinsky. Éste último explicó que, habiendo recibido 42 propuestas, se inclinaron en forma unánime por Selma Ancira, considerando que “el premio se entrega por el talento y rigurosidad dedicados durante muchos años a la traducción de lenguas tan disímiles como el ruso y el griego, de autores como Chéjov, Pushkin, Gogol, Seferis y Tsvietáieva, su actividad se ha plasmado en obras de diversos géneros en todos los cuales ha mostrado una pasión, una creatividad notables, llegando incluso a cotejar los manuscritos originales de autores como Tolstói, para recuperar fragmentos omitidos en las ediciones originales”.

El célebre poeta, ensayista y también traductor Tomás Segovia, en cuya memoria se ha denominado este premio, hablaba de la traducción como “la experiencia más radical de una lengua, y en cierto sentido más radical aún que la creación, porque por el hecho de estar mirando dos lenguas a la vez se tiene la doble visión que da tener dos ojos, y hay una visión en profundidad que a veces el creador no tiene”.

Y es que, como decía Paul Ricoeur, la traducción es verdaderamente un desafío, pues enfrenta siempre lo que llama “zonas de intraducibilidad”, que empiezan por la propia diversidad de las lenguas, fonética, fonológica, morfológica, gramática, sintáctica y semántica, que hace de cada una de ellas un universo único y complejo; de modo tal que los campos semánticos de una y otra lengua no se superponen y no existe nunca una equivalencia completa entre palabras y conceptos de un idioma a otro, pues se trata de formas distintas de clasificar el mundo, ordenarlo y representarlo.

Por eso, la tarea del traductor se asemeja mucho a la del antropólogo, por cuanto ambos tratan de construir claves de interpretación, espacios de diálogo y herramientas de entendimiento entre distintos universos, lingüísticos y culturales. Pues, como diría George Steiner, “comprender es traducir”; y agregaría Ricoeur: “traducir lo intraducible”, aunque parezca un contrasentido. Así, cuando Clifford Geertz afirma que “la finalidad de la antropología consiste en ampliar el universo del discurso humano”, lo mismo aplica para la traducción.

Antropólogo

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