A Toño Fosado

Si me paro, me alcanza la de atrás.
Si voy más rápido, me despedaza la de adelante.
Lo bueno es que no he alcanzado ninguna meta.
Los amigos que ya llegaron, ya se fueron.
Los que no hemos llegado, seguimos buscando.
Sabiendo que hay poco menos que nada.
     Pero eso te mantiene en forma.
     Bueno, es un decir, la máquina del cuerpo rechina por todos lados y ya no hay refacciones.
Si corres, la alcanzas; si te paras, te alcanza.
El espacio se va cerrando.

***
Pregunta
Silencio. Distancia. Palabras cristalizadas.
Como el señor de Dublineses en el exilio. Sólo que ese señor, antes de abandonar su tierra y darle la espalda, esculpió su alma cotidiana. Sin piedad, sin complacencia, sin nostalgia.
¿Qué mexicano has empalabrado tú?
Buena pregunta. Déjame ver. Dame tiempo (…)
Ninguno. Ni el simulador, ni el crítico hipercrítico, ni el gesticulador, ni el indiferente, ni el emocional, ni el desmadroso, ni el yo-yo, ni el anónimo, ni el chingón, ni el cabrón, ni el narco, ni el putañero, ni Gutierritos ni Godínez, ni la mariposa feminista, ni el paria, ni Pito Pérez Jolote Macario, ni el ideólogo, ni el partidista, ni el sabihondo, ni el bueno para nada, ni el forastero, ni el brasero, ni el ave de paso, ni nada. Soy un fracaso.
Tal vez ahí se dibuje el palabrero ambulante. 

***
Carta de un palabrero
Para escribir, hay que sentir el hambre de escribir.
Luego viene la constancia, la disciplina, el día tras día, cada que siente uno que algo te muerde y hay que decirlo.
Hay autores que escriben muy bien pero tienen poco que decir o son demasiado sutiles, aéreos, abstractos, recónditos.
Otros tienen mucho que contar pero lo hacen mal, descuidadamente.
La voluntad de estilo es fundamental, sin que te mate o te paralice.
Encontrar tu voz entre el tumulto de voces; tus palabras, tu tono, tus giros. 
Poco a poco se va sabiendo qué le toca a uno hacer, cuáles son los temas, los asuntos, las cosas que le toca a uno abordar.
Es bueno que al principio no sean muchas peleas ni grandes batallas.
El tiempo y las circunstancias van ensanchando el mundo y de vez en vez 
es bueno recogerse, regresar al centro de la vida que se desplaza entre el mundo y uno, el dolor, la pena, la dicha sencilla.
Claramente siento la mordedura o el aliento de las palabras y sé que tengo que escribir, no sé exactamente qué, hasta que lo voy haciendo. A veces la urgencia es intempestiva, otras veces se va gestando lentamente. Es importante detectar el momento justo y hacerlo. Las ideas y las emociones, los acontecimientos del mundo, la vida y el espíritu tienen su tiempo preciso.
En el mundo en que vivimos casi siempre se vive y se escribe a contrarreloj. Bajo presión. Apabullados por el mundo. A contracorriente. Allí es donde hay que encontrar el pulso y la voz de nuestras palabras.
Ni dejarlas enfriar demasiado, hielo seco, ni abrir el chorro incontrolable.
Pocas veces las cosas salen a la primera; lo más frecuente es escribir, reescribir, rehacer, tachar, agregar, borrar, equilibrar, conservar el impulso inicial sin desbocarse, pulir sin artificio.
La naturalidad es puro trabajo bien decantado.  
Revisar, aceptar los errores y corregirlos hasta donde es posible, y seguir adelante. No paralizarse ni sentirse una estrella.
Por ahí va mi vida como palabrero ambulante.

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