Retórica electoral

Juan José Arreola

Lo que intentan los políticos, sobre todo en tiempo de campaña electoral, es lograr que la ciudadanía crea en lo que dicen.

¿Cómo hará Andrés Manuel López Obrador para combatir la corrupción y evitar que cada año se desvíen 500 mil millones de pesos que, él dice, se pierden por ese mal?

¿Cómo logrará Ricardo Anaya Cortés enviar a la cárcel a Enrique Peña Nieto si —en caso de ser presidente del país— será titular del Poder Ejecutivo y no del Judicial?

¿Y Margarita Zavala?, quien asegura que, como la violencia contra las mujeres va en aumento, por eso quiere ser presidenta de México y así, por arte de magia, “nunca más una mujer en México volverá a sentir miedo”.

Bueno, por igual, José Antonio Meade Kuribreña echó mano de la retórica —al igual que el resto— y en Querétaro prometió la construcción de un segundo piso que vaya del estadio Corregidora hasta la salida a San Luis Potosí para solucionar el tráfico vehicular.

Pregunto: ¿No es mejor que se obligue a transportistas a usar los libramientos a San Luis Potosí y Guanajuato, que ya existen?

La promesa fácil. Los pronunciamientos citados, que realizaron cada uno de los cuatro candidatos a la presidencia mexicana durante la primera semana de campaña electoral, son muestra muy simple, pero también muy clara, de lo que es la retórica electoral; es decir, las palabras que todo político emite (mensaje) en el intento de que éstas (las palabras) se perciban como la realidad y, por consecuencia, no se le exija una prueba de su dicho.

Lo que intentan los políticos, sobre todo en tiempo de campaña electoral, es lograr que la ciudadanía crea en lo que dicen; que sus discursos se escuchen como algo verosímil o posible y, por consecuencia, se genere la idea —en el electorado— de que es verdadero lo que el candidato afirma.

Cuando los argumentos del candidato o candidata logran convencer a las audiencias, la gente no los cuestiona; no exige evidencia de lo que escuchó y, mucho menos, un certificado de veracidad.

Acepta los argumentos como algo probable aunque no haya certeza de lo que sucederá.

Por eso, hace varios años, el entonces candidato del PRI a gobernador de Querétaro, Fernando Ortiz Arana, planteó como lema de campaña: “Te lo firmo y te lo cumplo”.

Su intención era reforzar la certeza entre el electorado de que sí iba a cumplir sus compromisos de campaña. Es decir, intentaba dar una prueba de verdad de su dicho y del compromiso de cumplir con éste.

Hoy, por eso también, uno de los candidatos dice, al final de uno de sus anuncios de campaña: “Tenemos la fórmula. Si confías en mí, vota por Morena”.

Las preguntas clave. Si los políticos-candidatos quieren seguir sustentando sus campañas en la retórica, como desde hace muchos años se hace, sin ofrecer ninguna garantía de que se cumplirá su promesa si llegan al poder, los ciudadanos deberían de hacer un sencillo ejercicio de los compromisos que escuchen o que les llame la atención para poder evaluar si existe posibilidad de que se cumplan o no.

Hay que tratar de responder indagando en los discursos o, incluso, cuestionando directamente a los aspirantes a un cargo de elección popular siete preguntas muy sencillas.

Primera: Qué. Es decir, qué propuesta es la que hace el candidato o candidata.

Segunda: Quién. O sea, qué persona, qué personas o qué institución será la encargada de cumplir con ese compromiso.

Tercera: Cómo. ¿De qué manera lo va a hacer, con qué recursos y cuáles acciones?

Cuarta: Cuándo. Fechas precisas y plazos para cumplirse.

Quinta: Dónde. En qué lugar físico.

Sexta: Por qué. ¿Cuál es el motivo, la necesidad o la exigencia de implementar la acción prometida?

Séptima: Para qué. ¿Qué se solucionará, a quién se beneficiará, qué efectos tendrá?

Perspectiva. Si los políticos respondieran estas preguntas, generarían mayor simpatía electoral; si los ciudadanos y los medios de comunicación hacemos este ejercicio, podremos evadir la retórica, quizá nuestro voto tenga sustento sólido, informamos bien a las audiencias y el futuro de México podrá ser mejor.

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