Radiografía de los cinco

Juan José Arreola

Con sus bemoles o aspectos a mejorar, el primer debate del proceso electoral 2018 deja buen sabor de boca

Margarita Zavala me pareció acartonada, sobre ensayada y con propuestas sin contenido; es decir, mucha retórica y poca consistencia. Parecía estar en un mitin o en una reunión con simpatizantes (a quienes se dirigía) y no en un debate.

Dejó en claro que le pesa la sombra del sexenio presidencial de su esposo, Felipe Calderón Hinojosa, a tal grado que fue la única de los cinco aspirantes presidenciales que concurrió sola, sin su pareja, al Palacio de Minería.

Jaime Rodríguez Calderón, por su parte, me pareció un personaje simpático, populachero y ocurrente. De buen humor y de palabra fácil. Sin embargo, pienso que son características insuficientes y no fundamentales para ser Presidente de la República. Nos demostró que es un personaje singular, pero sin perfil para el cargo. Su “propuesta” de cortar la mano a los ladrones, digna del siglo XVII, causó estupor y, después, hilaridad.

Considero que José Antonio mede Kuribreña es una persona culta, razonable y de amplia trayectoria en el servicio público. No obstante, hasta el momento no ha logrado resolver su principal contradicción: ser un personaje pulcro y honesto que es candidato del PRI, el partido mexicano mayormente identificado con la corrupción. Es razonable, entonces, que nos cuestionemos cómo gobernaría —en caso de ganar la elección— atado a los designios del tricolor.

Por su parte, Ricardo Anaya Cortés ratificó que de los cinco aspirantes es el que más se prepara para este tipo de confrontaciones; que es didáctico y sistemático y que, a diferencia de anteriores días, dejó de lado las rabietas para concentrarse en lo que realmente vale la pena. Tuvo respuesta para las críticas y fue certero en las que lanzó, sobre todo a López Obrador. Lo lastra (aunque ya no con tanta contundencia) el señalamiento de haber incurrido en el delito de lavado de dinero, que hasta el momento no ha sido planteada legalmente.

El tabasqueño, Andrés Manuel López Obrador, pecó de confianza. Saberse puntero en las encuestas, y por mucho, provocó que se sobreprotegiera de las críticas y cuestionamientos, al grado de dejar vacíos o preguntas sin respuestas, lo que muy probablemente generó suspicacias, pues permitió que naciera la incertidumbre de si ha obrado o no con corrección. Al final de la confrontación parecía molesto y quizá arrepentido de su actuar.

El formato. Para fortuna nuestra, el formato del debate ha sido el mejor de todos desde que se iniciaron estos encuentros, hace más de 20 años. Permitió la confrontación inmediata, las réplicas y contra réplicas, y, por supuesto, “retó” a los aspirantes a presentar propuestas puntuales sobre los temas abordados.

Quizá la debilidad del mismo formato (que no lo descalifica) fue la limitante que impusieron de que los candidatos no hablaran más de un minuto por cada intervención, lo que dejó a cuatro de los cinco frente a constantes interrupciones de sus discursos.

Los colegas designados para fungir como moderadores dieron el toque periodístico a la confrontación: plantearon cuestionamientos precisos y, en momentos, arrinconaron a los candidatos, como fue el caso de Jaime Rodríguez, quien terminó aceptando que había mentido.

Hubo preguntas sobre temas y hechos que queríamos escuchar como ciudadanos, pero que pensábamos que no se realizarían, como los recursos económicos acumulados o el involucramiento en actos de corrupción. Y, sin embargo, surgieron.

Saldo positivo. El balance es positivo. Con sus bemoles o aspectos a mejorar, el primer debate del proceso electoral 2018 deja buen sabor de boca y con la expectativa de que en los próximos dos el grado de confrontación, la cantidad de propuestas, la explicación del cómo realizarlas y hasta la mejor preparación de los contendientes supere este primer ejercicio.

Es de esperarse, también, que se cumpla el objetivo primordial de estas confrontaciones: incrementar la concurrencia ciudadana a las urnas y que el voto de todos esté sustentado en mayor conocimiento de los que quieren gobernar al país.

 

 

 

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