Querétaro se tiñe de rojo

Lídice Rincón Gallardo

El 25 de julio de 2015, el cuerpo semidesnudo de una mujer de aproximadamente 25 años fue encontrado en el cruce de las avenidas 5 de febrero y Boulevard Bernardo Quintana. El 11 de septiembre, ahora en la avenida Epigmenio González, fue hallado el cuerpo de otra mujer que hasta el momento permanece sin identificar, con evidentes síntomas de estrangulamiento. El 14 de septiembre, vecinos del Libramiento Surponiente se encontraron con restos de una mujer en una bolsa oscura, al lado del camino. Ese mismo día, en los alrededores del Penal San José El Alto, fue hallado el cuerpo de un hombre sin vida, con marcas de violencia, también de alrededor de 25 años de edad. Todos estos hechos de sangre aparecen de una revisión somera –apenas cuidadosa– de la así llamada nota roja de los diarios que circulan en nuestra entidad. ¿Qué significan tantos asesinatos de personas en tan poco tiempo? ¿Cuál es el impacto en nosotras y nosotros al constatar la manera en que la violencia acaba con una vida y arroja sus restos en espacios públicos?

En todo el país, se han multiplicado los hechos delictivos y de sangre. La descomposición de nuestro tejido social a causa de la corrupción y el abandono social que son el caldo de cultivo ideal para fenómenos como el crimen organizado y la violación sistemática de derechos humanos, ha llegado a un punto inédito. No es que no existieran estas realidades en Querétaro, sino que antes no las vivíamos como algo cotidiano y como motivo de miedo generalizado. Cada vez más, en mi interacción diaria con los hombres y mujeres que hacen de nuestra ciudad el espacio donde elegimos vivir con nuestras familias, me encuentro con el extrañamiento frente a la violencia que nos ha encontrado en el camino; me encuentro con el reclamo en el sentido de que no podemos dejar que la violencia se siga incrementando; me encuentro con ese miedo de que las cosas empeoren antes que mejoren.

La dinámica de la violencia es, a la vez, particular y colectiva. Las personas nacemos en contextos sociales e históricos que se constituyen, de manera desafortunada, por ideologías, prejuicios y estigmas discriminatorios que nos predisponen a la violencia. Esto no significa que justifiquemos la violencia, sino que tratemos de encontrar la manera de explicarla y combatirla. Quienes hoy agreden los cuerpos de las mujeres, probablemente, han crecido con la idea que ellas son objetos y apropiables en cuanto los varones lo decidan; quienes hoy violentan a niñas y niños, probablemente ellos y ellas mismas fueron violentadas en su infancia y han crecido con la idea de que el cuidado de las y los niños significa una posesión absoluta de sus vidas. Así se va construyendo la dinámica de la violencia y así unos se convierten en verdugos, mientras que otros en víctimas con mayores o menores herramientas para escapar de esa violencia. Todas estas situaciones personales se ven magnificadas por una cultura pública que legitima conductas de odio e invisibiliza situaciones de riesgo. La sociedad es una sociedad violenta porque se integra de muchas personas que todos los días lastiman y generan daños en quienes consideran seres de menor valor, en quienes se discrimina de manera sistemática. Y la única forma de corregir esta situación es utilizar al paradigma de los derechos humanos como una barrera para desalentar la violencia y crear espacios seguros y libres de discriminación que podamos habitar todas y todos.

No queremos seguir leyendo crónicas periodísticas que nos dicen que nuestro Querétaro se está tiñendo de rojo. Porque esa sangre es de hombres y mujeres trabajadoras, de personas productivas, de hijos e hijas, de padres y madres de familia, de todas y todos los que hacen de nuestra ciudad un espacio que queremos y habitamos como comunidad. Pero la única forma de detener esa violencia es construir una cultura de la paz desde que somos niñas y niños; enseñarles que no está bien discriminar y que se pierde mucho cuando excluimos a causa de nuestros prejuicios y estigmas discriminatorios. Querétaro no debe teñirse más de rojo, sino estar caracterizado por la transparencia de las relaciones igualitarias y libres de discriminación.

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