¿Qué de la justicia?

Gilberto Soto

Hace ya algunos meses que María no ve a su hijo, es uno más de aquellos que han sido desaparecidos sin dejar rastro y si lo abandonan, las autoridades jamás lo encontrarán.

Ella sabe que su hijo no era del todo un santo, sin embargo ¿qué derecho tienen ellos, quién sea, de separar a una madre de su hijo? Hace meses que no sabe nada, casi se convence de que está muerto, aunque carezca de pruebas, está casi segura, ahora simplemente quiere sus restos para llevar, como es debido, a su hijo a descansar.

Isabel tampoco ha visto a su hijo desde hace varios meses, es uno de aquellos que están desaparecidos sin alguna razón aparente. A diferencia de María, ella sabe exactamente lo que pasó con su hijo, vive sufriendo esa pérdida, vive buscando justicia. Han detenido cerca de tres personas implicadas con la desaparición y homicidio de su hijo, pero ella misma no se dará por vencida.

Mientras personas, como María, viven a expensas de lo que las autoridades le informen, existen otras, como Isabel, que consiguen que esas mismas autoridades actúen, nuestra pregunta es: ¿por qué? La respuesta es más sencilla de lo que parece: Isabel está casada con un empresario de su entidad, ella misma ha contratado una pequeña escolta para protegerse si uno de los integrantes de la pandilla que atacó a su hijo busca venganza.

Al contrario, María debe tomar un autobús desde su pequeña comunidad para acercarse a la central camionera de su municipio, después transbordar a otro autobús que la lleve a la capital del estado para verse con el agente de Ministerio Público encargado de su “asunto”.

Pareciera una historia novelesca llena de drama, pero esta comparación es tan real como la gente a nuestro alrededor, esta historia se repite una y otra vez cada día sin que la mayoría de nosotros se dé cuenta de ello.

Un sistema de justicia basado en el poder adquisitivo, en la conveniencia popular de hacerlo, en el interés político de dar prioridad a ciertos asuntos. Ese es, en la práctica, el sistema de justicia en el país, donde la persona humilde puede estar protegida por mil leyes pero no es prioridad, pues hay “varios asuntos iguales”, el gran argumento de los investigadores. ¿Qué se puede hacer para acabar con este cáncer? Me temo que no mucho, en todo caso María podría acudir a los medios de comunicación a exponer su problemática de manera que la difusión le asegure un interés especial de la colectividad, las redes sociales también se han convertido en un arma poderosa para exponer al público lo que nos está pasando y los problemas que atravesamos.

Sin embargo, en un país con un sistema de justicia eficiente ni el nivel económico o los “favores” a cobrar deben servir para que las persianas cambien y nos ayuden a encontrar a nuestros seres queridos, o a recibir de la autoridad una sentencia favorable a la víctima. El único motor de cambio somos nosotros mismos, el pueblo, que desea de todas las autoridades una manera de trabajar eficiente y precisa, una calidad que no deje dudas acerca de quién debe pagar y por qué.

Pero mientras se siga dando el fenómeno del compadrazgo y esa corrupción en nuestro país, entonces debemos esperar como María, que Dios se apiade de nosotros para que un día todo funcione y podamos ver concluida nuestra desgracia.

Ahora bien, podemos exigir, sí exigir, a nuestros legisladores, procuradores de justicia y al Poder Judicial en general su simple entrega, como pocos lo hacen, por el pueblo, por esta sociedad que como ellos está cansada de tanta desigualdad y tanta discordia, queremos más Isabel y menos María, queremos más de lo bueno y poco, muy poco de todo lo malo que se nos ha entregado.

Juventud Progresista de Querétaro Partido del Trabajo (PT)

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