Premios y castigos

Nuestra psicología se construye sobre pocos seres: elegid bien al que se ama o al que se odia. Jean Rostand

Los atributos inherentes a la clase política y que definen el modo de gobernar no sólo lo integran las fases del castigo como la cooptación, la arbitrariedad, la amenaza, la agresión, sino de manera abierta la premiación a través del soborno, la impunidad y el privilegio.

Es una política, que vista desde la psicología, es conductista, ya que las consecuencias de las acciones las dividen en premios y castigos.

Los premios o refuerzos se utilizan para fortalecer una conducta, para que se repita. En cambio los castigos se utilizan para eliminar conductas. Tanto los castigos como los refuerzos tienen alcances positivos o negativos. Un refuerzo positivo va dirigido a quien ejecuta la conducta que estamos fortaleciendo, le damos algo positivo, le pasa algo bueno como consecuencia de esa conducta. Ahora, el refuerzo negativo es para quien ejecuta la conducta que estamos reforzando, le quitamos algo malo; algo malo que le pasaba le deja de pasar como consecuencia de esa conducta.

Así el castigo positivo se dirige a quien ejecuta la conducta que queremos eliminar, le damos algo malo; algo malo le pasa como consecuencia de esa conducta. Finalmente el castigo negativo, va dirigido a quien ejecuta la conducta que queremos eliminar, le quitamos algo bueno; algo bueno que le pasaba, le deja de pasar como consecuencia de esa conducta.

Ejemplos tradicionales de esto serían en el refuerzo positivo: un juez o magistrado de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), hace algo que consideremos bueno, como dar por válido el desproporcionado tope de campaña del actual Presidente de la República y para que mantenga esta conducta se le premia, le damos un regalo, le dejamos que tenga una jugosa pensión vitalicia, le decimos muy bien… lo premiamos con algo que le gusta.

Ahora, el refuerzo negativo: un diputado hace algo que consideremos bueno como… trabajar, y para que lo mantenga, le dejamos el que pueda realizar una declaración patrimonial light, puede no declarar todas sus propiedades… lo premiamos evitando algo que no le gusta.

El castigo positivo: un presidente de partido de una entidad hace algo que consideremos malo, como prostituir edecanes y para que no lo haga más, le damos trabajo extra, más deberes, como desacreditar y amenazar a sus acusadores … lo castigamos con algo que no le gusta.

Como ejemplo del castigo negativo, tenemos que un instituto, digamos el IFE, que hace algo que consideramos malo, como validar elecciones fraudulentas, plagadas de irregularidades y para que no lo haga más, le quitamos el nombre y le ponemos otro… lo castigamos quitándole algo que le gusta.

Así es como la psicología oficial entiende el desarrollo y el aprendizaje, y así es como se entienden normalmente los premios y castigos que ofrece. Es completamente cierto que los refuerzos y castigos existen y nos afectan a todos. Pero es obvio que la inmensa mayoría de la población no está de acuerdo en cómo se enfocan, en cómo se utilizan en el perverso juego del poder.

Los refuerzos y castigos son completamente necesarios, a fin de que la gente crea que las voluntades y acciones de la cleptocracia están sujetas a algún tipo de control a través de ésta política conductista, y se piensa que educamos a la clase política. Pero es sólo una ilusión el manipular las consecuencias de sus acciones, y creer que los ciudadanos podríamos poner las conductas que nos interesan, como la honestidad, el recato o la eficiencia; o quitar otras como la corrupción, la avaricia o la deshonestidad.

La política en México necesita una profunda regeneración ética y moral. Algunos creen que es una moda vacía y sin mucho eco, pero es una exigencia innegociable si queremos hacer de nuestra democracia un sistema digno de tal nombre y de nuestro país un hogar donde pueda uno vivir en un futuro sin tener una pinza permanente en la nariz o un arma preparada para ajusticiar. Estamos escuchando cada día lecciones de honradez y dignidad política de aquellos que no la tienen y, además, trafican con ella siempre que les pueda apartar algún rédito electoral.

La lección de la política conductista es una, la honradez no se premia, la corrupción sí.

 

Consejero Electoral Instituto Federal Electoral

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