19/05/2019
05:18
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Pier Paolo Pasolini gustaba escribir Poder con mayúscula. Lo hacía, pienso, para llamar la atención sobre quienes lo ejercían y cómo lo hacían. Al cineasta lo asesinaron en 1975, a los 53 años. Asesinar (casi) siempre es una manifestación de Poder. Aunque mucho se debatió si la causa fue un crimen pasional, la mayoría apunta a un crimen político. El Poder era una de las obsesiones de Pasolini y lo es de todo librepensador incómodo con quienes lo ejercen sin coto, sin consultar, sin mirar hacia todos, no hacia los suyos. En todas las latitudes y en diversos idiomas, su inadecuado ejercicio irrita e inquieta a quienes se rigen y mueven por principios enmarcados en razones universales. El abanico es inmenso: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador, Kim Jong-un, Matteo Salvini, Mauricio Macri, Benjamin Netanyahu, Bashar al-Ásad, Viktor Orbán, Abdelfatah Al-Sisi y Nicolás Maduro conforman parte del inmenso muestrario de ideologías, idiomas, historias y continentes cuyo común denominador es ejercer el Poder sordo, el que excluye y poco se cuestiona.

Razón de sobra tienen algunos para condenar a sus antecesores, entre ellos AMLO. Ese atributo no es diploma para ejercer el Poder omnímodo pero sí se ha convertido en pasaporte para convencer al pueblo hambriento y descontento por el crudo presente —también debería serlo para encarcelar a muchos antecesores—. Cuando las tribulaciones son cotidianas, prometer cambios es bienvenido. Las quejas de los habitantes de los países gobernados por tan disímiles personajes son un fresco de la realidad contemporánea, de la realidad en busca de quien la modifique y subsane. Las vejaciones ejercidas desde el Poder son bien recibidas por fanáticos: invadir tierras, asesinar a quienes no comulguen con la barbarie presidencial, destruir los ecosistemas o maltratar a los refugiados son prácticas diarias.

Aprobar el ejercicio político de los dirigentes de una nación se ha convertido en un acto de fe, no muy diferente de la religiosa, y en ocasiones no lejana de la que profesan fanáticos. Trump como ejemplo: haga lo que haga, o deje de hacer lo que debería hacer, su popularidad entre la base estadounidense que lo encumbró no se ha modificado. El Poder corrompe, coopta, engulle, enajena, compra.

En su libro En busca de un mundo mejor, Karl Popper, escribe, “La cuestión no es ‘¿quién debe gobernar?’ o ‘¿quién ha de detentar el poder?’ sino más bien, ‘¿cuánto poder se ha de otorgar al gobierno?’ o quizá, más exactamente, ‘¿cómo podemos crear las instituciones políticas de forma que incluso los gobernantes incompetentes o poco honestos no puedan causar mucho daño?”.

Tres alarmas. Primera. Adolecer de instituciones confiables durante décadas —México como ejemplo—, y pretender restaurarlas sin escuchar opiniones divergentes y hablando sin dialogar, como sucede con AMLO, acentúa el Poder y aleja a quienes no comparten sus opiniones. Segunda. Buscar chivos expiatorios para todo y por todo, como sucede en Hungría, Israel o Estados Unidos, alimenta el fanatismo y fortalece a quienes dictan órdenes. Tercera. Negar el valor de la democracia, Siria y Egipto como ejemplos, sepulta todo diálogo y perpetúa el Poder. Las verdades de los fanáticos, sobre todo de las sectas embriagadas o cloroformizadas por el Poder, no aceptan dicotomías ni cuestionamientos. Los fanáticos alimentan al Poder y éste se alimenta de ellos.

El corazón del embrollo radica en la debilidad o ausencia de instituciones en las naciones donde el Poder impostado llega y se perpetúa. En México, nuestros dirigentes previos no sólo no crearon instituciones modernas y fuertes, las boicotearon, y, sin obviar los robos, ni las modernizaron ni las fortalecieron.

El Poder insano no proviene de la serendipia, proviene de la ausencia de instituciones, de contrapesos y de una sociedad incapaz de distribuir y ejercer liderazgo honesto, ético, sano. Matar ideas y personas como sucedió con Pasolini no reditúa. Dialogar con quienes difieran es obligación del Poder.

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