Pecado de cosmopolitismo

Luis Octavio Vado Grajales

El estado es dueño de inúmeros espacios para mostrar y presentar el arte, y esto es necesario para dotar de opciones estéticas a la población

En una de las brillantes entrevistas que Antonio Carrizo le hizo a Jorge Luis Borges (ese literato al que Perón privó de su cargo en una biblioteca municipal y lo mandó a inspeccionar gallinas) este contaba que propuso a un grupo de gente de la pluma el que sostuvieran la candidatura de Alfonso Reyes para el premio Nobel de literatura; y que no solo tuvo una magra respuesta en Argentina, sino que tampoco en México hubo entusiasmo por apoyar a un escritor que no se ocupaba principalmente de temas nacionales, sino que era incómodamente cosmopolita.

Y ciertamente, si recordamos las modas artísticas de los años veintes a los cincuentas del siglo pasado, don Alfonso no encuadraba debidamente. El nacionalismo imperaba, ya fuera en su vertiente nostálgica-porfiriana (el cine de los Soler), en la pintura (muralismo mexicano, que luego el polémico Cuevas llamó “la cortina de nopal”) o en la literatura, con la novela de la revolución. Ni hablar de la música.

El estado mexicano, en tanto tal, impulsaba y alentaba estas muestras de nacionalismo, como una manera de afirmar “lo mexicano” a partir de expresarlo en distintas maneras. La sociedad, bombardeada así por todas partes, se solazaba en estas expresiones, dado que las opciones alternativas que existían medraban a la sombra de las que tenían todo el apoyo gubernamental e incluso empresarial.

Reyes, con sus traducciones del griego, tal vez sólo podía defenderse con su “Visión del Anáhuac”, poca ofrenda para el dios del nacionalismo. Y así, el mayor estilista de la lengua española, de nuevo en la opinión de Borges (otro escritor que tampoco consiguió el máximo premio a las letras) vivió espléndidamente sin tener que viajar a los países escandinavos.

Esta anécdota me lleva a una reflexión. Siguiendo al constitucionalista americano Owen Fiss, el estado interviene en la creación artística de dos maneras. Una, prohibiendo ciertas expresiones que considera delictuosas (lo que es un tema del derecho penal); otra, mediante la aplicación de recursos, lo que implica apoyar algunas formas artísticas y otras no (dado que nunca habrá suficientes recursos)

Ahora, la pregunta entonces es, al diseñar una política cultural, ¿cómo debe definirse a qué manifestaciones se debe apoyar? ¿Aquellas que provienen de estratos desfavorecidos de la sociedad? ¿Las que demuestran un alto nivel de excelencia en el manejo de las técnicas correspondientes? ¿Sólo las que muestren la esencia de lo mexicano? ¿O las que nos presenten como una nación inserta en las corrientes internacionales?

Desde luego es un tema relevante. El estado es dueño de inúmeros espacios para mostrar y presentar el arte, y esto es necesario para dotar de opciones estéticas a la población, sobre todo aquellas manifestaciones que no tienen apoyo económico detrás. Así se ayuda a formar el gusto popular, pero también se manda un mensaje de contenido político.

¿O usted cree que Stalin vigilaba personalmente los estrenos musicales de la Unión Soviética sólo porque le gustaban los conciertos?

Desde luego no pretendo decir cómo debe ser la política cultural en ningún ámbito. Pero sí creo que es importante evidenciar la conexión política-arte que existe, dado que ninguna acción del Estado, ni aún al financiar una exposición pictórica, es ideológicamente neutra.

 

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