Patología del poder

Gustavo Mendoza Ávila

A lo largo de la historia de la humanidad —y de México— han habido gobernantes enfermos de poder que han sometido a sus gobernados al rigor de sus excentricidades. Aunque las enfermedades mentales han existido siempre, la psiquiatría ha clasificado más recientemente esta patología, ayudándonos a entenderla y a curarla, cuando se puede.

La disyuntiva de si el poder enferma a los débiles y carentes de templanza (“El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”: Lord Acton); o si la enfermedad es preexistente y aflora con el poder (“Si quieres conocer a un hombre, revístelo de un gran poder. El poder no corrompe, solo desenmascara”: Pítaco de Mitilene); surge en la infancia, dice la psiquiatría moderna.

Nerón mandó quemar Roma y culpó de ello a los cristianos (los conservadores de entonces), persiguiéndolos y condenándolos a muerte en el circo romano. Antes, el errático y sanguinario Calígula llegó al extremo de nombrar cónsul a su caballo favorito “Incitato”.

El imperio romano, sabedor del daño que el poder ejercía en sus dirigentes, buscó impedir que estos enfermaran. Cuando un militar regresaba victorioso de una campaña, sólo se le permitía entrar a la ciudad a él, a un esclavo y a los músicos; y pasear en un carruaje sencillo por las calles de Roma. Detrás del galardonado iba su esclavo, quien al percatarse de que los vítores crecían, le susurraba: “Recuerda que sólo eres un hombre” (no eres un Dios); o bien: “recuerda que puedes morir”, para contener su soberbia.

La megalomanía, mejor conocida como Trastorno de Personalidad Narcisista, es parte de las patologías contempladas en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5). Entre algunas de sus características se encuentran las siguientes: desprecio de los demás y de sus opiniones; exagerada sobreestima de sus capacidades, no siempre apegada a la realidad; se creen perfectos e infalibles y suelen culpar a los demás de sus errores o fracasos; no tienen límites, creen que todo es fácil (“No tiene chiste extraer el petróleo. Es cosa de hacer un hoyo y ya”).

También lo está la frialdad hacia los sufrimientos que llegan a producir sus decisiones en los demás; manipulación para lograr sus propios fines; excesivo protagonismo; tendencia a rodearse de aplaudidores (floreros), de personas carentes de independencia intelectual y de carácter. Y, aún más, la superioridad que les lleva a hacer lo que quieren porque creen estar por encima de toda norma o convención legal, social o moral. No suele afectarles la mala imagen derivada de gastos desproporcionados.

Esta misma patología, fue nombrada por el médico británico David Owen, como “síndrome de Hubris”, y consiste en la adicción al poder; el mesianismo de quienes creen saberlo y poderlo todo y están llamados a hacer grandes cosas. Esta soberbia, arrogancia o desmesura (hybrys) la llegan a padecer los famosos (no solamente políticos, aunque el impacto de sus acciones suele ser más dañino).

La cura, dicen los especialistas, viene luego de dejar el poder, cuando sufren otro trastorno inercial: “el poder de no poder”. Al minuto de dejar el cargo dejan de ser dioses y de tener esclavos a su servicio. Por eso los autócratas buscan a toda costa nunca dejar el poder, ya sea por vía de la reelección, o por la fuerza. Castro, Chávez, y muchos otros populistas de hoy son vivos ejemplos de esta patología del poder, porque no hay quien les recuerde que el poder es medio, no fin. 

Periodista y maestro en seguridad nacional

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