Mujeres indígenas que trabajan

Lídice Rincón Gallardo

A nuestras artesanas indígenas, mujeres guerreras y trabajadoras, de Querétaro.

Nos hemos acostumbrado, diariamente, a ver la discriminación que nos rodea sin observarla detenidamente. Todos los días, mujeres que viven la condición de madres, jefas de familia, migrantes, trabajadoras, hablantes de alguna lengua indígena conviven con nosotros y ya no observamos su dolor y las injusticias que viven como algo anormal. Ellas suben y bajan del transporte público con hijos y mercancías para vender, alimentan a sus familias en las banquetas, a veces cuando ya son mayores nos las encontramos pidiendo limosna a las afueras de una iglesia: las vemos pero elegimos no observarlas. Hacemos como si no existieran y como si la situación de vulnerabilidad en que las hemos colocado fuera algo natural y hasta merecida. Las vemos pero no las observamos.

Nuestra ciudad es un espacio arquitectónicamente espléndido y cada vez más dispuesto a albergar la diversidad que caracteriza a las y los queretanos. Este logro lo hemos construido todos y todas, con nuestro compromiso común para la promoción y defensa del derecho a la no discriminación y con nuestras ganas de crecer y generar una riqueza y desarrollo humano que nos incluya a todos, por igual. No obstante, cuando recorremos los espacios más agradables de la ciudad, nos encontramos con las mujeres que vende sus artesanías, con sus hermosos trajes indígenas, comunicándose entre ellas en su lengua originaria, y pensamos que es natural que no cuenten con un espacio fijo para comerciar o que no gocen de seguridad social o seguro médico. Incluso, nos atrevemos a sugerir que deberían bajar el precio de sus artesanías porque nos parece muy alto, sin ver todo el trabajo individual que hay invertido en ese objeto ni toda la herencia cultural que se deposita en esas prácticas artesanales. Vemos la belleza de la artesanía indígena pero no observamos que ésta es parte de una identidad históricamente discriminada.

Si nos diéramos la oportunidad de observar, y no sólo ver, nuestro entorno poblado por mujeres indígenas que trabajan y se enorgullecen de su herencia cultural, también sabríamos que cada una de ellas tiene una historia particular.

Algunas de ellas llegaron hasta Querétaro desde muy lejos, acompañando a su pareja en busca de mejores oportunidades de vida, abandonando sus comunidades de origen y adoptando las costumbres de un nuevo entorno. Otras son las matriarcas de linajes de mujeres que se han quedado solas, pues los varones han emigrado a Estados Unidos y desde allá envían el dinero con que complementan su actividad comercial. Unas más son sobrevivientes de historias de violencia y discriminación, que han tenido que hacerse cargo de sus destinos y los de sus hijos e hijas cuando los esposos se han convertido en sus principales violentadores.

Incluso, hay quienes viven con discapacidad y han tenido que sobreponerse frente a la falta de apoyos y espacios accesibles. Vemos la belleza de nuestra ciudad pero no observamos el carácter precioso de la diversidad de historias de vida de las mujeres que deambulan por nuestros espacios urbanos comerciando artesanías.

Es nuestra obligación abrir los ojos, afinar el sentido del oído para dar voz a estas mujeres y diseñar soluciones a la discriminación estructural que experimentan. Necesitamos crear espacios donde ellas comercien con dignidad, críen a sus hijos e hijas con amor y cuidado, al tiempo que su actividad comercial se vuelve redituable. No podemos seguir transitando la ciudad de Querétaro haciendo de cuenta que ellas no existen y que su herencia cultural permanecerá allí siempre si no la protegemos.

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