Morena: trifulca futura y dedazo desdibujado | Querétaro

Morena: trifulca futura y dedazo desdibujado

Maite Azuela

Si de algo ha carecido esta administración federal es del respeto a las prácticas e instituciones democráticas, así que no sorprende que el  Presidente de la República haya hecho pronunciamientos y  participado en eventos de promoción de quien considera su sucesora. La  idea de designar al sucesor resulta autoritaria.

Especular sobre los presidenciables perpetúa la cultura priista del dedazo y la designación por lealtad en lugar de dar paso a mecanismos democráticos al interior de los partidos. Quizá no han tomado nota de que, desde su fundación, Morena ha estado inmersa en disputas internas: por la dirigencia, por las candidaturas, ha habido acusaciones de fraude, imposición y renuncias.

Basta revisar las impugnaciones ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, tras el proceso electoral 2020-2021. Morena es el partido con mayor número de impugnaciones presentadas por los propios morenistas. 

Si, como anuncia Mario Delgado, Morena emitirá la convocatoria  para la candidatura presidencial en 2024, cualquier apuesta por alguno de los designados podría ser riesgosa una vez que la decisión quede en manos del partido. El liderazgo de López Obrador cuando no sea más el jefe de jefes, se verá puesto a prueba. La realidad es que ya designó a su candidata, sin escuchar a la militancia.

Son tres las crisis que Sheinbaum ha enfrentado. A pesar de que se ha tratado de restarle responsabilidad a su gobierno con el colapso de la Línea 12, no será fácil escaparse de este sombrío referente. Además del costo político que ya está pagando con la imposición de gente de Martí Batres dentro de su equipo, por la pérdida de nueve alcaldías en la Ciudad de México. Por último, no hay que olvidar lo sucedido con el colegio Rébsamen.

Entre la necesidad de López Obrador de definir el futuro de Palacio Nacional cuando lo haya abandonado y la ansiedad presidencial de Sheinbaum y Ebrard, se han olvidado de que mientras se concrete el próximo candidato aún tienen responsabilidades en sus cargos que no deben abandonar por andar en campaña.

López Obrador sabe que está en la etapa más complicada de su administración.

Ante la ausencia de un proyecto de nación, lo que se ofrece es la continuidad sostenida en las lealtades bien afianzadas. Lo que quizá no está bien ponderado, es que Morena no responderá a un solo hombre, sino que, por su conformación, atienden instrucciones de sus  líderes y suelen desconocer a quienes van abandonando el poder. Aunque tienen bien arraigados muchos métodos priistas, no han consolidado mecanismos de consenso que les permitan  renunciar a los intereses de su subconjunto. A medida que avanza el sexenio, el poder del Presidente disminuye y la idea de hegemonía presidenciable desaparece, los integrantes empiezan a apostar a conveniencia propia, con cálculos que no admiten ceder espacios de articulación política en territorio, experiencia que ni Marcelo Ebrard ni Claudia

Sheinbaum han tenido durante sus trayectorias políticas. Ellos, a diferencia de Ricardo Monreal o Martí Batres, son políticos de escritorio, técnicos más que rudos.

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