Mienten legisladores que presumen austeridad

Héctor Parra Rodríguez

Las cuentas no salen ni con los ahorros. Aun así, bajarán impuestos. Menos recaudación, menos maniobra de ejecución de las promesas de campaña.

Tanto Martí Batres como Ricardo Monreal tienen toda su vida viviendo del presupuesto púbico, han gastado dinero del erario y se han enriquecido al amparo del poder. ¿Por qué ahora la bandera de austeridad? No cabe duda que el populismo los hace iguales. El exceso de corrupción de éstos y familia política de todas las corrientes fastidió a la sociedad mexicana, por eso había que ganarse la confianza del electorado por medio de una agresiva campaña política de repudio a todo aquello que significara abuso y corrupción.

Layda Sansores, siendo senadora, hoy alcaldesa electa en la CDMX, compraba con el dinero del Senado muñecas de 5 mil pesos; muchos de sus gastos personales superfluos, como tintes de pelo, eran pagados con ese presupuesto. Dolores Padierna, del Senado, pasó a la Cámara de Diputados, nunca se quejó del dinero que recibió durante los últimos 6 años, disfrutó de los millones de pesos que cobró, no se opuso a ello. Ricardo Monreal no despreció el salario y ventajas de haber sido gobernador de Zacatecas, legislador federal en varias ocasiones y delegado en el DF; durante todos esos años no se quejó de los jugosos emolumentos que devengó por más de 3 décadas. Porfirio Muñoz Ledo, por muchos años, también ha vivido del presupuesto, no se quejó de sus salarios y dividendos derivados de los cargos públicos que ha ocupado desde la época echeverrista. Lo mismo sucede con Martí Batres, muchos años ha vivido del dinero público; legislador local y federal varias veces, funcionario en el DF; no existe antecedente alguno de queja por los altos emolumentos que ha recibido durante toda su carrera en el servicio público; ahora el legislador come en las oficinas en un recipiente de plástico para mostrar su austeridad republicana. Demasiado cinismo de quienes hoy pretenden asumir conductas de austeridad, cuando durante su larga vida en la burocracia han disfrutado del erario producto de los impuestos de los mexicanos.

Es necesario cerrar la puerta a los abusos y dispendios a los que se acostumbraron sin límite los legi sladores, es cierto. Todo era consensuado entre las fuerzas políticas, incluidos los protagonistas de la austeridad. Por supuesto que es absolutamente urgente y necesario cerrar la llave a los excesos. Que seguirán gozando de buenos emolumentos y otras prerrogativas, eso también es cierto, hecho que minimizan ante los reiterados abusos de todos los legisladores, incluyendo a los austeros. Hay una razón de fondo para apretar el cinturón y buscar ahorros del presupuesto público, aparte de ser una exigencia unánime de la sociedad mexicana. Conseguir los 500 mil millones de pesos que necesitará el presidente López Obrador, ahora que entre en funciones, para poder cumplir sus promesas de campaña y no será fácil; regalar dinero público a los millones de electores que sufragaron por él, vía programas sociales, no alcanzará. Las cuentas no salen, el dinero será insuficiente para satisfacer los caprichos; a ello se suman los 140 mil millones de la descentralización administrativa y 160 mil millones más para el Tren Maya. Las cuentas no cuadran. El dinero no alcanza. El sacrificio será insuficiente. Ni desapareciendo entidades administrativas, ni compactando funciones para contratar menos personal será bastante. Los 500 mil millones de pesos que supuestamente ahorrarían por abolir la corrupción fue una ficción, ese dinero no existe, no se puede ahorrar lo que no se tiene.

AMLO anticipó que, de existir devaluación o inflación y el dinero no alcanzara para cumplir sus compromisos de campaña, sería culpa del Banco de México. Le informaron al presidente electo que el dinero no alcanzará para satisfacer su ego megalomaniaco. Por eso la expresión de Andrés Manuel: la economía mexicana está quebrada. Mentira, nadie creyó y tuvo que rectificar, dándole una connotación distinta al real significado que encerraba su mentís. La austeridad en el gasto es buena, mientras no asfixien la eficiente función que debe prestar el gobierno. Las cuentas no salen ni con los ahorros. Aun así, bajarán impuestos. Menos recaudación, menos maniobra de ejecución de las promesas de campaña.

 

 

 

Comentarios