A los dos primeros minutos de haberla conocido y beber vino de Querétaro, le dije la primer mentira. "¡No estoy borracho, lo juro!". A los tres minutos le dije la segunda mentira: "Soy escritor". Falso, sólo soy un reportero con aspiraciones de escritor.

Luego, sin saber cómo ni por qué terminamos hablando de John Fante, escritor cuyas obras pocos recuerdan. Le conté de su libro Pregúntale al polvo y le platiqué la historia de ese escritor gringo-italiano, que escribía de gente que no hace nada.

Que escribió guiones de películas en Hollywood, vivió en California y murió 1983 en esa ciudad, misma que convirtió en el escenario de sus novelas. Perdió una pierna y luego otra y murió de viejo. Nunca vio la fama que más tarde tendría su obra, resumida en cuatro novelas que se conoce como “La saga de Arturo Bandini”, su seudónimo.

A Fante lo rescató del olvido otro escritor, Charles Bukowski, ambos igual de contreras con la vida, ambos genios que se dedicaron a escribir sobre las cosas ordinarias de gente ordinaria.

Le expliqué que leer sobre un hombre (Bandini) que se pasa los días sentado en la ventana de su cuarto viendo pasar las hormigas y hacerlo como si fuera una vida interesante, que eso sólo lo puede un gran escritor y no payasos.

Le confesé que, por mi parte, nunca había tenido aspiración alguna en mi vida, que de adolescente sólo quería dormir todo el día y ver películas en la televisión. Que lo de la televisión era por no tener dinero para ir a un cine, y lo de dormir todo el día era por no tener dinero para ir a ningún lado.

Que escribir pies de foto para la sección de sociales de un periódico es una forma muy vulgar de ganarse la vida, pero que me daba de comer y que las cosas siempre pueden ser peores.

Le aclaré que no me considero un fracasado, pero con su mirada me decía que sí lo era. Le recordé a los poetas beat y a Jack Kerouac y le expliqué que eran “hippies, poetas y gays” y que mientras escribían se morían de hambre, que nunca pensaron en publicar nada y tampoco en trabajar.

Ella, una muchacha como muchas, no paró de tomar vino y de recodar puros lugares comunes de la literatura y del arte, de esas cosas que se aprenden sin leer libros.

Confesó que se angustiaba porque no podía escribir sin perder lo que escribía. Me contó, por ejemplo, la historia de cómo mientras trabajaba como demostradora en un supermercado, escribió mucho, sobre muchas cosas, casi una novela, y que gracias a un botón que no debía apachurrar, toda su obra se fue al cementerio de los mensajes dewashapp.

La imaginé, paradita ella, con minifalda o leggins pegados al cuerpo, música de Julión Álvarez, un trabajo mal pagado de 10 de la mañana a 6 de la tarde.

También contó cuando, hastiada de todo, dejó su casa, a su novio, y a su gato, y cuando ya no podía regresar, recordó el guión de una película que había escrito y guardado por años.

Dijo que de la noche a la mañana todo lo que hacía o escribía desaparecía o se rompía o borraba, y que eso la tenía apanicada y detenida en un limbo improductivo, parada frente a una pared. “pero ya estoy yendo a terapia”, explicó.

Al final me dijo su nombre: Melody. Melodía. Bonito nombre, pensé, a pesar de ser un cliché. Juró que eso si era su nombre verdadero y que le gustaba. 

Terminó diciéndome que era “escritora y que no, lo juro, por Dios, que no estoy borracha”, y eso último también era una mentira. Fue uno de esos encuentros de ocasión que se hunden en un abismo de mentiras, de esas que la gente dice sin querer, de las piadosas. 

Pensé que si John Fante hubiera conocido a una muchacha llamada Melody en un viñedo de Querétaro, hubiera escrito una novela sobre ella.

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