Luz de tarde

Hay tardes que el sol nos regala una vista espectacular en el poniente y es cuando parece activar muchas otras actividades en la metrópoli que son un atractivo para quienes habitamos
05/09/2018
07:14
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Nuestra ciudad, a decir de poetas y escritores, tiene atardeceres hermosos con mayor frecuencia que la propia oportunidad que nos damos de observarlos.  Cuando era pequeño, algunas ocasiones solíamos verlos ya que mi padre nos llevaba en el auto familiar a “dar la vuelta” los domingos, tomando las carreteras que permitían una vista general de la ciudad de entonces. Dichas tardes, también eventualmente llevábamos a volar cometas o papalotes, como les llamábamos a esos rombos de papel de china con débiles estructuras de palos de madera delgados que los hacían bastante frágiles, pero que también, cuando las condiciones lo permitían, se elevaban en el aire y los guiábamos con un cordel de hilo de algodón y una larga cola de tiras de periódico o de plástico, elevándose hacia alturas insospechadas. A veces, les colocábamos un pedazo de cartón en el hilo y girando subía hasta el límite, a lo que conocíamos como “enviar un telegrama”. Supongo que tanto el papalote como el telegrama tendrían una vista envidiable de los atardeceres de esa época, los que nosotros también mirábamos en una ciudad más callada y quieta, cuyo silencio era interrumpido apenas por las campanadas que escuchábamos en la lejanía. Muchas de esas experiencias llegaron a convertirse en momentos inolvidables.

Unos años después, había tardes en las que subía a la azotea del edificio en las calles de Juárez y Madero, en la tienda departamental La Ciudad de México, donde acudía con algunos amigos a observar las parvadas de tordos que volaban sobre el centro de la  urbe y apenas sin darnos cuenta, conquistaron al tiempo todos los árboles que había en el Jardín Guerrero y que prácticamente, al ponerse el sol, les marcaba el tiempo con extrema puntualidad para posarse en las ramas y hacer del lugar uno de los pocos espacios ruidosos de aquel entonces y bastante peligroso de transitar por debajo de esos árboles, sin sufrir una desagradable contingencia. Hoy día, dichas parvadas se han mudado a otras zonas y se han diluido en el tamaño de la  ciudad, pero siguen por ahí volando y llegando a reposar con la misma puntualidad en la puesta del sol. Desde esa azotea, se dominaba la vista del poniente de la metropóli, adornado por las cúpulas y campanarios de varios de los templos, pero con un horizonte claro que nos brindaba la dicha de ver cómo el sol adquiría esos colores que vestían de una luz especial el ocaso del día.

Algo que resultaba muy interesante era que ante la poca vida nocturna —supongo que en realidad era más— y la época en la que soltaban al león temprano, la mayoría de la gente se iba a guardar a buena hora en sus hogares, entonces la ciudad adquiría momentos de remanso que le daban esa característica que aún conservan muchas poblaciones pequeñas de provincia. Ese par de horas donde se disfrutaba de la luz de atardecer que, más que iluminar, pareciera acariciar todo aquello que tocaba, como edificios, calles, árboles, sembradíos, etcétera. Además del atractivo que tiene el atardecer para actividades como la fotografía, son momentos que cayendo en cuenta, nos permiten constatar con mayor intensidad la belleza del lugar que habitamos y regalarnos la oportunidad de hacer una introspección que siempre será buena para combatir un poco el estrés que ha crecido tanto como la ciudad misma.

Aún hoy, en la actualidad, hay tardes que el sol nos regala una vista espectacular en el poniente y es cuando parece activar muchas otras actividades en la metrópoli que son un atractivo para quienes habitamos y que nos permiten disfrutar de  opciones de ocio o de enriquecimiento cultural, otorgándole un nuevo sentido al disfrute del tiempo. Sin embargo, ese par de horas de esa luz de tarde, sigue teniendo un especial significado y un cálido sabor a nostalgia, el recuerdo de tantos momentos que también eran coronados por la aparición de los luceros brillantes en el horizonte, que confundíamos con estrellas y que en realidad son los planetas Venus, Marte, Saturno y Júpiter que reflejan la propia luz solar, pero que representaban un cúmulo de promesas al arribo de esas noches limpias de nubes, cuando también solíamos transitar las calles que poco a poco fueron cambiando la iluminación artificial de luz mercurial a luz de sodio, como avisándonos, sin darnos cuenta, que la modernidad llegaría más temprano que tarde 
a este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

Twitter: @GerardoProal

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