24 / julio / 2021 | 22:44 hrs.

Luis Miguel: el rey flojo

Juan Manuel Badillo

Tengo un amigo que nunca lee lo que escribo y por alguna razón cree que soy un especialista de Luis Miguel. También tengo amistades que nunca se enteran cuando publico mi columna, pero tiene la firme idea de que soy un gran conocedor las telenovelas de Thalía. Nunca los he desmentido, básicamente por que me da flojera.

Además, el hecho de que un servidor esté más enterado de la literatura de la Revolución Mexicana que de las locuras de Laura de América, o que sea capaz de dar una clase de semiótica aplicada a jóvenes con problemas de aprendizaje (es neta fino lector, no se ría), no es ni medianamente interesante, no más que hablar de las lonjas de Luis Miguel.

En esas nimiedades ocupaba yo mi tiempo neuronal, cuando me preguntaron que si “El Sol” está realmente gordo o sólo es mala fe de las redes sociales. La respuesta, por si ocupan, es que no, Luis Miguel no está gordo; y sí, efectivamente, es mala sangre de la gente que sube fotos a Internet.

En pocas palabras, la imagen que circula y donde se ve al cantante tan cachetón, como si se hubiera comido todos los tamales del día de la Candelaria es una patraña.

Es verdad que Luis Miguel no tiene cintura de avispa, ni los pectorales de Rick Martin. Nadie lo puede negar, porque como dijo un sabio artista: “Lo que se ve no se juzga”.

El cantante ha estado gordo y volverá a engordar, porque el ex niño dorado ya es un señor, tiene arrugas de señor, panza de señor y cuerpo de señor.

Pero hablar de los kilos de un cantante es un despropósito. El problema está en que no se habla de lo que se debe habar, de su mal desempeño en el escenario. Como dijo un sabio taquero: “Están viendo y no ven”.

Luis Miguel es una de las mejores voces que tiene México y el mundo. Es un verdadero crooner. Nuestro Frank Sinatra latino, para terminar pronto, y da gusto verlo jugar con la voz en sus conciertos, alcanzar los tonos en ciertas canciones, cambiar de género, hacer de si garganta un papalote y como si nada.

Pero Luis Miguel también es un holgazán. Lo he visto en varias ocasiones, en distintas giras, en distintas fechas y en diferentes escenarios y Luis Miguel siempre es Luis Miguel, para bien y para mal.

Mismo traje de marca (of course), corbatita al gusto, camisa blanca muy blanca, pantalón con rayita indestructible y zapatito de marca (of couse).

La coreografía no existe. Luis Miguel sale al escenario, camina de un lado a otro, hace como que toca el bajo (sin albur, señores, pongámonos serios), brinquitos de Karate Kid y párele de contar.

El guión, elemental y sin cambios. Grupo de buenos músicos y una coristas de muy buen ver.

Pero Luis Miguel no se sabe sus canciones de memoria, por tanto el hombre tiene que cantar con teleprompter, cuenta además un chícharo al oído donde recibe instrucciones, le soplan la letra de los temas y ni así.

Tome en cuenta que los conciertos son popurrís de sus viejas canciones y Luis Miguel se equivoca, se rezaga en los cambios, pierde el hilo de lo cantado, regaña a los músicos, reclama más tono, y cuando pierde una frase hace como que es intencional y deja que el público cante lo que el ya olvidó.

¿Luego entonces, cómo es que el público, los 10 mil espectadores que cada fecha llenan el auditorio, lo aclaman? ¿Cómo es que una manada de señoras se agolpan en el escenario sólo para tocarlo y besarle la mano? ¿Por qué es que esos mismos reporteros y reporteras que lo atacan en redes sociales bailan sus canciones y se emocionan cual grupis?

¿Luego entonces el éxito? Porque es Luis Miguel es y vive de ser Luis Miguel, porque es un monarca absoluto y un rey flojo de la música. Por eso. FIN 

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