Los resabios de Mancera

Roberto Rock L.

La propuesta del político tabasqueño fue que ni él ni Mancera maniobraran en la metrópoli

“No se meta, doctor… que las cosas se acomoden por sí mismas.”

La charla, en la primavera del 2015, se desarrollaba entre Miguel Ángel Mancera, jefe del Gobierno capitalino, y Andrés Manuel López Obrador. El tema: la contienda para elegir, ese año, jefes delegacionales y diputados locales en la Ciudad de México.

La propuesta del político tabasqueño fue que ni él ni Mancera maniobraran en la metrópoli. Le adelantó que él se concentraría, junto con los principales estrategas de Morena, en los comicios que se desarrollarían en otras entidades del país.

“Andrés calculaba una fuerte penetración de Morena en la Ciudad. Pero también quería construir afuera, casi experimentar lo que vendría en el 2018. Y le propuso a Mancera una batalla en buena lid entre Morena y el PRD. Que el gobierno capitalino no volcara recursos irregulares en favor del PRD. Pensó que podían entenderse hacia el futuro… pero se equivocó”, dijo a este espacio un cercano personaje a López Obrador.

Lo que ocurrió después forma parte de la historia. Una convulsa elección tensó hasta el punto de rompimiento la relación de Mancera y López Obrador. Luego vendría el golpe final. El jefe de Gobierno le consultó si vería con buenos ojos vender a la polémica inmobiliaria española OHL los segundos pisos del Periférico, construidos durante la administración del tabasqueño (2000-2005). “Eso lo enfureció. Andrés asumió que la ruptura no tenía remedio. En las reuniones de Morena empezó a hablar de Mancerita, como lo bautizó”, dijo la misma fuente consultada.

Y es que aquellas elecciones fueron un punto de quiebre para la política capitalina. El PRD, que había gobernado la Ciudad por casi 20 años, exhibió un marcado desgaste. La expectativa de que sus espacios de poder se redujeran atrajo una guerra intestina entre sus corrientes. En plena disputa, incluso algunas candidaturas cercanas a Mancera fueron aplastadas.

Un personaje encarnó la descomposición y el deterioro: Héctor Serrano, secretario de Gobierno, corruptor, intrigante, adulador al viejo estilo; fue el hombre más poderoso de la administración Mancera, su principal operador y, también, su más grave error.

Durante los meses previos a la elección, Serrano atiborró el escritorio de Mancera con encuestas que anticipaban un triunfo arrasador del PRD y sus aliados. Lo que realmente ocurrió fue el peor resultado para el PRD desde 1997. De las 16 delegaciones, sólo ganó en seis, la mayor parte de ellas gracias a las mafias enquistadas en Coyoacán, Venustiano Carranza o Gustavo A. Madero, entre otras. De 66 diputaciones en la Asamblea, logró 18.

Serrano fue formalmente removido de la Secretaría de Gobierno y colocado en la de Movilidad, pero siguió teniendo en sus manos los hilos de la política capitalina. De toda suerte, el daño estaba hecho. La crisis en marcha, la caída en picada en el aprecio de la ciudadanía y un partido fracturado serían, sin remedio, la herencia de una administración cuyo titular dejó en días pasados el cargo bajo un panorama harto incierto.

José Ramón Amieva, que asumirá el interinato de la jefatura de Gobierno, caminará en terreno minado desde el primer momento.

Entre sus desafíos inmediatos destacará el diálogo roto con Andrés Manuel López Obrador, cuyo partido, Morena, ganará en los próximos comicios muy probablemente no sólo el gobierno de la Ciudad, sino la mayoría de las delegaciones y de las bancas de la Asamblea.

Es casi imposible imaginar a Amieva Gálvez como el guerrero que logra enfrentarse al monstruo de mil cabezas que ahora es la Ciudad entre corrupción, inseguridad y confrontación política.

El virtual relevo de Mancera es un abogado nacido en la Ciudad de México en 1972, pero llevado desde niño a un rancho ganadero familiar en Mixquihuala, Hidalgo, donde pudo haber permanecido el resto de la vida de no ser porque, según ha declarado él mismo, el trabajo del campo es muy pesado, por lo que decidió ser abogado.

“Sincero y amoroso”, como se describe, las pasiones de Amieva son el cine, el futbol (es tuzo, desde luego) y pasear por los mercados de pulgas de La Lagunilla en busca de alguna antigüedad que lo cautive.

En otros aspectos, es también una ave rara para el contexto del que se trata: no se le tiene por corrupto y exhibe habilidad sincera al convivir con la gente. No lo hizo mal como secretario de Desarrollo Social.

La mezcla parece dibujar a un personaje fatalmente destinado a zozobrar en los maololientes océanos de la política capitalina, o ser un hombre de paja en manos de un oscuro operador colocado tras el trono.

Haga lo que haga Amieva, es difícil que las cosas para este gobierno se puedan descomponer más. De ahí que, en un día de suerte, quizá intente algo novedoso. No nos haría daño un hombre ingenuo, pero bien intencionado.
 

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