Los mediocres

Juan Manuel Badillo

Un sabio anónimo dijo alguna vez que había que cuidarse de los y las mediocres porque ellos saben que son mediocres y se organizan para conservar su estatus.

Ser conscientes de su medianía les da la ventaja del tiempo y la sorpresa: antes de que se den cuenta que soy mediocre puedo sorprender al enemigo.

Porque los mediocres siempre tienen enemigos y casi siempre se trata de la humanidad entera.

El mediocre es intolerante, obviamente. “No soporto la estupidez de la gente”, me dijo alguna vez una mediocre profesional, lo cual se traduce en no puedo lidiar con alguien que no sea o no piense como yo.

Hubo alguna vez un mediocre de ese tipo, se llamó Hitler y un día empezó a eliminar a sus adversarios, los encerró en campos de concentración, los pasó por gas y los hizo jabón.

El mediocre tiene mucha paciencia y dedica la mayor cantidad de su tiempo para destruir, para entorpecer, para dilatar, para corromper, sea lo que sea.

El mediocre actúa por instinto y va siempre contra corriente: nada le gusta, nada está bien, nada le acomoda, nada le funciona.

Los mediocres se agazapan, preparan el ataque y la huida, organizan formas para disuadir y engañar; son estrategas naturales.

Saben del arte de la simulación y lo han aplicado con efectividad. Ellos hacen como que trabajan, pero no trabajan, hacen que obedecen pero no obedecen, hacen que entendieron, pero no tiene la menor intención de entender.

El mediocre es un maestro del camuflaje, siempre sabe aparentar lo que no es y lo utiliza para su provecho y beneficio. Por ejemplo, llegar puntual a sus citas no para adelantar trabajo, sólo para conocer el terreno y tomar posiciones.

Un mediocre profesional no llama la atención y es tan habilidoso en eso que muchas veces pasa por ser una persona normal.

Un mediocre sabe ganarse la confianza de la gente y tiene un método para conquistar secretos y amistades.

Son de los que llegan a la ofician y te ofrecen una galletita para tu café, con ganas de que te ahogues con ese pedazo de pan con chispas de chocolate. Te chulea la blusa que te pusiste esa mañana, pero escribe en su Facebook sobre una compañera de la oficina que se viste como payaso de crucero.

Un mediocre sabe distinguir a otro mediocre y hace todo por reclutarlo para su causa. Cuando un mediocre anda de cacería, lo primero que hace es decir que ellos no son mediocres como los demás.

El mediocre es un artista de las discusiones sin sentido y aplican las leyes de la mediocridad en sus alegatos: la primera regla es negar, volver a negar y luego negar nuevamente. Sus frases favoritas son “Yo no fui”, la segunda es “Yo no tengo la culpa”.

Los mediocres son representados en las caricaturas como los villanos, cabezones, feos y miopes, que siempre quieren destruir el mundo, sin razón aparente, nada más porque se les da la gana.

Los mediocres, gracias a todas sus habilidades, han podido infiltrarse en todos los rincones, han procurado colocarse en las áreas sensibles y estratégicas de la vida diaria.

Gustan de las redacciones de los periódicos, habitan en las cocinas económicas, en los bancos, en las taquillas de los cines, en los estacionamientos donde cobrando por espacios que no les pertenecen.

En las cajas de los supermercados, en las casetas de cobro de las autopistas, en los bares y muchas veces aparecen manejando un taxi y te dicen que no van tan lejos porque tiene que ir a comer.

Están presentes en los sitios de comida rápida, cuando llegas a pedir una hamburguesa y la pides sin mostaza y te dicen que sin mostaza no hay.

En la fila de las tortillas, en las tianguis sobre ruedas, en las campañas electorales, en el camión, cuando te quieres bolear los zapatos, cuando tomas el sol en un parque.

Las oficinas de gobierno existen las condiciones idóneas para que los mediocres se puedan reproducir. En esos lugares la habilidad para no sobresalir y no dejara los demás sobresalir alcanza niveles de arte.

Los mediocres han estado presentes en toda la historia de la humanidad y son omnipresentes, tiene su propio idioma, sus propios ritos, su propia religión, sus propias leyes: nada para mí, nada para los demás. FIN

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