Los desastres y la política

Señalábamos la semana pasada algunos puntos relativos a la intrínseca relación entre la política y los desastres naturales, a propósito de la temporada de lluvias en nuestra entidad. La sorpresa aparece al ver a la autoridad (acompañada de un amplio corifeo) justificándose de lo irregular e insólito de la “actual temporada”. Lo que obliga a pensar sobre la planeación, previsión y prevención ante tales “eventualidades” que son de tal regularidad que se conceptualizan como “temporadas”. La presencia del clima, por hablar sólo de un agente, es un momento que se espera; nada menos que eso, razón por la cual los políticos son altamente criticados si no se muestran preparados, cercanos, no manifiestan su solidaridad y preocupación reales, interés o un liderazgo fuerte en la gestión de los desastres naturales, respuesta y liderazgo que, por otro lado, son reclamados y exigibles. Los desastres naturales ponen a prueba la capacidad de gestión de los recursos públicos, y del liderazgo político en, al menos, tres áreas críticas: la previsión, la reacción y la recuperación (o reconstrucción en dado caso). Sigamos las tres etapas ante una emergencia, desde la perspectiva de la autoridad.

La previsión. Un desastre natural no se puede evitar pero se puede prever y se pueden diseñar los mecanismos de alerta, protección y respuesta rápida en función de escenarios, probabilidades e hipótesis. Las políticas públicas se ven sometidas al juicio de la previsión, la dotación anticipada y el mantenimiento de recursos para el salvamento. Es un punto crítico. Una falta de dotación o de actualización de las unidades de detección y alerta, así como la falta de planes concretos y sistemáticos de monitorización son puntos clave en la evolución por parte de la opinión pública. Los desastres naturales son imprevisibles pero nunca deben ser imprevistos. Si los drenes se desbordaron fue por la falta de mantenimiento, supervisión y corrección de tramo, cuestión que se está realizando a posteriori.

La reacción. Es el momento decisivo, ya que la falta de reacción rápida para asumir la gravedad de la situación, así como los cambios en las rutinas políticas y administrativas de respuesta son los principales desafíos políticos. También lo son la coordinación de la misma y la centralización del mando. Este tipo de situaciones pone en evidencia el grado de coordinación inter-administraciones y el correcto funcionamiento de los planes de emergencia y de la activación de las excepcionalidades previstas. Sensibilidad y eficacia son elementos clave. Las inundaciones y anegaciones superaron la escasa previsión, sobre todo en lo financiero.

La recuperación. Un desastre natural, en función de la gravedad del mismo, siempre lesiona el territorio, la insfraestructura, las propiedades y, muchas veces, las vidas humanas. Medir correctamente su impacto, evaluar sus consecuencias, identificar las prioridades y actuar con determinación para reestablecer u ofrecer alternativas a la población afectada en plazos razonables, son algunos de los desafíos que el andamiaje político debe atender. No es posible que en 2015 nos digan nuevamente que las lluvias son atípicas y que cayó más agua en un día que en toda una temporada, eso ya lo habíamos escuchado.

Los desastres naturales pueden ser un desastre para la política, si no se posee un proyecto y plan para la consolidación de las repuestas públicas que hacen frente a lo imprevisible y a la fuerza de la naturaleza, alterada (y provocada) por el ser humano. Al parecer los desastres naturales sólo son vistos como una oportunidad para la demostración de liderazgo político. La clase política se sabe exhibida y tiene que mostrar públicamente su capacidad de gestión y de mejor previsión, reacción y recuperación, ya que esto forma parte de la oferta política de soluciones y confianza, los dos valores más preciados para la política, para la política del desastre. El auge del capitalismo del desastre, lleva su mensaje a todos los rincones del planeta, donde la globalización, un puñado de políticos y empresarios sacan provecho de una manera escandalosa de las crisis que se presentan en el sistema capitalista, ya sean estas económicas, militares, sociales u originadas por desastres naturales. A ello hay que anteponer la visión de una política social, basada en el humanismo y la confianza ciudadana.

 

Sociólogo

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