Los Demonios...1

Julio Figueroa

Ahora escribiendo recuerdo un punto clave. Para eso sirve escribir, revive la memoria

Ahora sí que como dice José Emilio: “Me acuerdo, no me acuerdo, ¿qué año era aquél?” A mediados de 1986, poco antes del Mundial. Una comida y tres comensales. No recuerdo qué comimos, qué bebimos, cuánto duró la tarde, qué tanto platicamos… Sí recuerdo que el anfitrión pidió unos chiles toreados, en un restaurante de Insurgentes Sur.  
Se trataba de mi despedida de la DGB (Dirección General de Bibliotecas, en la Biblioteca Central de la UNAM, el edificio con los monigotes de O’Gorman), donde laborábamos los tres en diferentes áreas. 
Ahora escribiendo recuerdo un punto clave. Para eso sirve escribir, revive la memoria. En un momento el poeta me hizo una pregunta difícil, era un examen, para torearme, a ver si yo era muy paceano como se decía en los pasillos. Me preguntó sobre un texto de Paz, entonces difícil de encontrar, sobre el paisajista del Valle de México, que él admiraba, como detestaba a Hernán Cortés. Mi respuesta emocional fue abundante, conocía ese texto y por él me acerqué al pintor, gracias a la primera edición de México en la obra de Octavio Paz preparada por Luis Mario Schneider, Promexa Editores, 1979. 
Todo fue risas, palabras francas, recomendaciones, sugerencias, abrazos y comunión. Gracias. 
Todo empezó antes cuando en los 70’s escuché sus poemas en Voz Viva de México, UNAM, y en los 80’s mi lectura apasionada de su libro inencontrable que encontré y fotocopié en la Biblioteca Central. Desde entonces lo llamé el poeta de las moscas y amo y quiero los poemas de la Edad de la Oficina, la Cultura del Automóvil, la Corbata y las Medias Nylon: “Para los que llegan a las fiestas…” / “Desde la tristeza que se desploma…” / “Siempre ha sido mérito del poeta…” / “Qué tranquilamente callan, se pudren / los hermosos versos de amor…” / “Qué fácil sería para esta mosca / con cinco centímetros de vuelo / razonable, hallar la salida…”  Poemas de 1956  y el poema 15 de Fuego de pobres de 1961. 
Pero esta vista fija dentro de mí es para recordar al tercer hombre de aquella tarde y me he apartado demasiado.     
***

…Y los años 2
La tercera persona de aquella tarde, comida y despedida en un restaurante de Insurgentes, me regañaba por el Don Boni aplicado al apellido y no al nombre, Don Rubén. 
     Don Rico y Galán, ¡casi nada!, a propósito de Edith Piaff (“Las hojas muertas”) y de las Hojas Sueltas que circulaban en la DGB, en un papelito me escribió esta cuarteta: 
“Renacen las hojas sueltas
al comenzar la semana
porque acaso ¿no están muertas 
las hojas cada mañana?”
¿Qué va a leer durante el viaje?, me preguntó desde antes. Le dije que me quería llevar el Moby Dick para el camino, por el viaje en mar. Me dijo que eran mejor los contrastes, por ejemplo Historia de dos ciudades, de Dickens, si no lo ha leído, o La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza que acaba de salir y es sobre Barcelona, a donde va. Finalmente leí y releí en la ida y la vuelta Los presidentes de Scherer, que igual acababa de salir en México y ya lo había comprado. Pero el punto central no es ese. 
La amistad entre el viejo y el joven se había anudado entrañablemente. Quedamos en que le escribiría y le contaría de mis cuitas en el viejo continente. Pasó el tiempo. Regresé. Un día me encontré a un amigo común de la DGB, Pablo Mejía, y me dijo sin más: 
—Don Fernando se murió esperando una carta tuya. 
Fernando Rico Galán (hermano del preso político histórico, Víctor) amaba 
a Gabriel García Márquez y alguna vez discutimos qué novela era mejor, si El amor en los tiempos de cólera de GGM o La insoportable levedad del ser de Kundera que llegaron a la Gandhi de Universidad y Taxqueña casi al mismo tiempo. Pablo y yo nos inclinamos por… 
Nunca le escribí. 
***

Biblioteca 
Estoy parado al fondo de una biblioteca blanca por la luz, y la extraña envoltura de los libros, pequeños como jabones. Veo los títulos, algunos conocidos y otros desconocidos. Avanzo, trato de ver los nombres y no puedo, por el extraño idioma, incomprensible. Tomo un libro y lo abro, sus hojas están en blanco. Abro otro e igual. Cojo varios libros y los voy abriendo y todos están en blanco, un blanco amarillo papel revolución. Estoy como en un castillo, una torre, un laberinto. O una cárcel. Tengo temor de que alguien venga y vea los libros revueltos que he sacado. Veo sombras, alguien viene.

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