Leer o no leer

Juan Manuel Badillo

Cuando se trata de leer o no leer libros siempre regresa a mi mente un chiste de Jurgan, el comediante. “Las estadísticas dicen que los mexicanos leen un libro y medio al año y que los alemanes 10 libros al año; pero las estadísticas también dice que los mexicanos tenemos más sexo que ellos ¿quiénes son más tontos entonces?”

Siempre me he preguntado cómo es que saben, los especialistas, que el mexicano lee libro y medio al año, porque a la tía Pancha, que sólo agarra un libro para aventárselo a la cabeza de algunos de sus hijos cuando se portan mal, nunca nadie han tocado a la puerta de su casa para preguntarle por su libro y medio. Es decir, de dónde salen las estadísticas que todo mundo da por ciertas y no debatibles.

Otra verdad a medias es que desde siempre se nos ha dicho que leer es bueno y que es útil para salir adelante en la vida, pero hasta la fecha nadie ha demostrado que pudo cancelar la hipoteca de su casa leyendo El Quijote de Cervantes, nadie puede pagar el taxi a cambio de contarle un capítulo del último libro de Paulo Coelho y cuando se trata de llevar el auto a verificar de poco ayuda conocer de memoria Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

Recuerdo también la película Léolo (1992) de Jean Claudé Lauzón, sobre un niño, una familia pobre y un libro que sólo servía para detener la pata de una mesa. Claro, más tarde, ese libro fue leído, pero en su momento y por la persona indicada. 

Incluso, cuando se trata de enamorar a una muchacha contándole sobre El libro del buen amor de Archipreste de Hita cartujo sabio del medioevo, resulta más útil y práctico recitar algunas estrofas de Ricardo Arjona. No, los libros, hoy por hoy, tampoco ayudan mucho para romancear.

A quien no le recriminaron de niño por andar vago en la calle, ver tanta horas televisión o por estar pegado a la computadora todo el día, con el clásico regaño: “¡Chamaco de la porra, a ver si agarras un libro algún día y aprendes algo!”

El problema es que nunca nadie nos aclaró sobre el tipo de libros que debemos leer para ser más inteligentes y qué es lo que debemos aprender exactamente. Toda la vida se nos ha obligado a leer bajo la idea de que eso automáticamente nos hará más listos y capaces.

Leemos con miedo porque si luego de repasar las obras de William Shakespeare sucede que no entendemos nada de lo que se supone debemos entender, entonces somos automáticamente unos tontos.

Luego viene las frustraciones. Que levante la mano a quien le provocó emoción leer El lobo estepario de Hermann Hesse, a quién le ayudó con su depresión post infantil leer sobre un tipo que siempre está deprimido.

También están las verdades absolutas. La literatura española del Siglo de Oro es buena, los libros con monigotes no son libros, las fotonovelas solamente las leen las señoras que mastican chicle en la calle y el libro vaquero son novelitas para boleros.

Leer implica esfuerzo, capacidad de concentración que nuestros hijos y los jóvenes, semillas del futuro, ya no tienen por ser herederos del videojuego, mentes multifuncionales, con una manera disléxica y neurótica de ver el mundo.

Leer libros de literatura requiere tiempo y dedicación, nada más opuesto a la velocidad de la vida diaria.  

El fallecido escritor Jorge Ibargüengoitia se planteó el mismo dilema hace años en una de sus crónicas publicadas en la revista Vuelta que fundó Octavio Paz y editadas en el libro Autopsias rápidas (Ed. Vuelta, 1988).

“Por consiguiente, la única razón lícita para leer obras literarias es por el goce que producen. Pero ahí tenemos las escuelas, los maestros, leyendo para dar clases, y los alumnos leyendo para pasa el curso. De esta relación nació la idea de que los libros “buenos” son pesadísimos”.

Se nos olvidó que se lee por gusto y no por otras cosas y que no por leer muchos libros se es, automáticamente, mejor persona ni más brillante. ¿Cuántos tontos con muchos libros en la cabeza conocemos? Un par, por lo menos. FIN

 

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