Las nalgas son importantísimas

Eduardo Mejía

Durante mucho tiempo hubo palabras impronunciables en las conversaciones cotidianas; sobre todo, las partes del cuerpo ocultas por la ropa, aunque no necesariamente las partes pudendas.

Durante mucho tiempo hubo palabras impronunciables en las conversaciones cotidianas; sobre todo, las partes del cuerpo ocultas por la ropa, aunque no necesariamente las partes pudendas. Podían consultarse en los diccionarios, que no eran muy explícitos, y que apenas describían, de la manera más fría, esas partes que las faldas y vestidos ocultaban, pero resaltaban.

A falta de la presencia de la palabra “nalgas” en revistas y periódicos, e incluso en la literatura, se usaba el gélido “glúteos”, o el más pícaro “asentaderas”, pero en la literatura popular, Gabriel Vargas popularizó “tambochas”, que no se encuentra en los diccionarios de mexicanismos ni de expresiones populares, pero que los lectores de La Familia Burrón leíamos sin necesidad de explicación. Usaban también “tepalcuanas”, que sí se encuentra en el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, pero no en el más real y sabroso Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, de Héctor Manjarrez.

Curiosamente llega a la literatura con más contundencia en los libros de Jorge Ibargüengoitia que en los de Gustavo Sainz o de José Agustín, quienes usan metáforas para evadir la palabra.

En La ley de Herodes, el personaje de todos los relatos cubre las nalgas de Pampa Hash varias veces con “pantaletas”, que es lo primero y lo último que  ve a esta extranjera a la que pierde porque la posee el ritmo, pero en “La vela perpetua”, dice que a Julia, que lo atormenta por años, “le faltaban pechos, le faltaban piernas, le faltaban nalgas y le sobraban dos o tres idiomas que ella creía que hablaba a las mil maravillas”; sufre menos con la protagonista de “¿Quién se lleva a Blanca”; Blanca, que tiene amoríos con varios personajes apenas mencionados, permite al protagonista que la lleve a su casa, pero al entrar a ésta, “le toqué las nalgas”, lo que causa hilaridad a unos niños testigos del acto; el reproche de ella es “¿Por qué eres así?”, pero nada más, lo que revela que estaría dispuesta a más.

En su mejor novela, Dos crímenes, Ramón Tarragona le dice a su sobrino Marcos que su sobrina Lucero le está poniendo las nalgas en las narices, escasamente disfrazada metáfora para referirse al coqueteo, o mejor dicho, nada disimulada insinuación. Marcos, sin embargo, copula con la madre de Lucero, en escenas en que lo cómico desplaza a lo erótico. En la cinta basada en esta novela, Dolores Heredia encarna con picardía a Lucero, y en la escena referida muestra el trasero, pero vestida; Margarita Isabel es Amalia, cómica y erótica al mismo tiempo; es también de las pocas veces en que la palabra se escucha con nitidez en el cine mexicano.

El músico y poeta Vinícius de Moraes fue muy claro en su “Receta de mujer”; en la mucho más conocida “La chica de Ipanema” menciona dos veces el balanceo de la protagonista, balanceo de los glúteos, desde luego, pero no los menciona, como si se mencionan en “La Bossa Nostra”, de Les Luthiers, que combina ambos textos, y culmina con “nalgas marinas, y un pubis…”, que detiene un sacerdote con un “detente pecador”, aunque un coro celebra “pubis pro nobis”.

En la “Receta...”, Moraes describe la perfección del cuerpo femenino, con adjetivos supremos para brazos, ojos, labios, talle, cuello; la mujer debe ser “ligera como un resto de nube: pero que sea una nube con ojos y nalgas. Las nalgas son importantísimas”, acota, sin necesidad de ningún otro adjetivo.

Es curioso, sin embargo, que hayan llegado a la música más erótica entre las expresiones contemporáneas, como la menos sutil de las metáforas: Beny Moré en “La engañadora” describe a una mujer a la que todos los hombres la tenían que mirar porque estaba gordita, muy bien formadita, “en resumen, colosal”; gordita y bien formadita es sólo una manera, poco elegante pero nada obscena, de referirse a los glúteos, aunque al final de la canción se sabe que no son tales, sino rellenos, como en un cuento de Cristina Pacheco.

Los antiguos no se complicaban: ni glúteos ni nalgas: “con las que me siento”, definían las señoritas decentes. Un dicho mexicano describe a la perfección que las mujeres valen por sus cualidades intelectuales y que sean hacendosas, más que por lo sinuoso de su cuerpo: “busca a la mujer por lo que valga, y no sólo por la nalga”.

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