Las armas nucleares tienen permiso

Mauricio Meschoulam

Sigilosamente, el lenguaje nuclear se empieza a normalizar.

Sigilosamente, el lenguaje nuclear se empieza a normalizar. Esta semana, por ejemplo, se publicó una estrategia redactada por el Pentágono mediante la que se podría permitir el uso de armas nucleares como respuesta ante ataques considerados devastadores, pero no nucleares. Dentro de las agresiones sujetas a una respuesta nuclear, se incluyen casos como ciertos ciberataques contra infraestructura estadounidense que podrían resultar “paralizadores”. Lo relevante de la nota es que, por primera vez en mucho tiempo, se está considerando una respuesta de esas proporciones ante un ataque no nuclear. Estamos regresando, parece, a la “Represalia Masiva” de Eisenhower. Paralelamente, dentro de estos mismos días hubo dos alertas falsas de misiles balísticos, una en Hawái otra en Japón, causando importantes niveles de histeria entre las poblaciones de esos sitios. La cuestión es que esas alertas, en un entorno como el que estamos viviendo, se tornan creíbles. No significa que este tipo de confrontación, después del fin de la Guerra Fría, se hubiese vuelto imposible. Pero las probabilidades de una escalada atómica, en tiempos en los que se hablaba de desarme y no proliferación, eran mucho menores que en los tiempos en los que cualquier mañana de la semana se escriben tuits sobre furia, fuego y botones nucleares. Y justo cuando este tipo de notas se empieza a normalizar y cuando se comparten como si se estuviese hablando del clima o del precio del Bitcoin, nos tenemos que preguntar cómo es que transitamos desde aquellos días del desarme hasta los actuales. Hay muchos elementos que lo explican. El ascenso de Trump no es el único. Intento revisar brevemente algunos de esos temas.

El factor Trump, por supuesto, está a la vista, y no hoy, sino al menos desde su campaña por la presidencia. En su visión, no hay problema alguno en que varios países desarrollen su poderío atómico. De hecho, desde su óptica, esta situación es deseable puesto que Washington no puede ir a la defensa de cada uno de sus aliados, mucho menos cuando la ganancia que sacaría EU de esa defensa, para él, no es clara. Por consiguiente, países como Japón o Corea del Sur en Asia, o como Arabia Saudita en Medio Oriente, deberían tener la capacidad de autoprotegerse, para lo cual, el desarrollo de su armamento nuclear puede ser indispensable. Sin considerar las consecuencias de la proliferación de este tipo de armamento en distintas regiones del planeta, el hoy presidente de EU así lo expresó durante su campaña en más de una ocasión. Posteriormente, gracias a sus tuits y a sus declaraciones, nos hemos ido enterando de que él no dudaría en emplear ese tipo de armamento para “destruir totalmente” a enemigos como Corea del Norte. Después de todo, su botón—así lo ha tuiteado—es más grande que el botón de Kim. Es decir, el uso de ese lenguaje pareciera denotar que las armas nucleares no son ya una herramienta para disuadir a rivales y enemigos, sino un instrumento que sí es utilizable en una confrontación. Hay quienes sostienen que esas amenazas son solo estrategias del presidente para convertirse en un actor creíble a fin de ejercer una presión eficaz sobre sus contrapartes. Pero si esto es así, hay un enorme problema. O bien Trump está convencido de que, efectivamente, las amenazas de una superpotencia son para cumplirse y de que consecuentemente, si Pyongyang continúa con sus pruebas nucleares o balísticas, llegará el momento (más pronto que tarde) en que aquél botón deberá ser oprimido desatando con ello una catástrofe como no la hemos visto en nuestras vidas; o bien, sus amenazas quedan vacías, su palabra resulta hueca y cada vez más será tomada como broma, tanto por parte de sus enemigos como por parte de sus aliados. Y esto es justo lo que a veces se omite: podría llegar el punto en el que su propio lenguaje sea el que lo acorrale y le orille a tener que cumplir con el objeto de no perder credibilidad.

Más allá de Trump, sin embargo, hay otros elementos de largo plazo que deben ser tomados en cuenta. Señalo algunos: (1) El repliegue relativo de EU como poder global que inicia desde tiempo antes del actual presidente. Una combinación de factores financieros (elevado déficit fiscal, creciente endeudamiento, necesidad de limitar el gasto militar), con otros factores políticos y estrategias geopolíticas relativamente fallidas (como las intervenciones de Irak y Afganistán), orillan a Obama a implementar la doctrina que lleva su nombre: una considerable reducción de las operaciones internacionales de EU, y la necesidad de priorizar en dónde y cómo se invierten los recursos y esfuerzos de la superpotencia. Esto va a ser percibido, en ciertas regiones, como la generación de vacíos que podían y debían ser llenados por otros, lo que incentiva a algunos actores a adoptar posiciones más agresivas en sus zonas; (2) Aunado a ello se encuentran las posturas y dinámicas propias de las otras dos superpotencias, China y Rusia, que se vienen construyendo incluso desde antes de Obama pero que se reafirman durante su gestión. Para Putin, EU lleva años violando los acuerdos de la posguerra fría y, por tanto, era necesario actuar más asertivamente en su esfera de influencia. Dos ejemplos de esto son la intervención rusa en Siria y su reacción en Crimea/Ucrania, factores que han ido paulatinamente escalando el enfrentamiento de Moscú con la OTAN. China, de su lado, considera que su actual lugar político y económico global, le permite ocupar un mayor espacio en su zona, y en general, en la esfera internacional. De manera tal que, al reproducirse los espacios y momentos de potencial conflicto entre Moscú y Beijing con EU (incluido por supuesto el ciberespacio), en esa medida se empieza a generar un entorno en el que lo nuclear regresa a la mesa de alternativas; y (3) Hay otros conflictos que han ocasionado que ciertos actores decidan mantener o desarrollar su arsenal nuclear. Están los casos de India y Pakistán, el caso de Israel, el de Irán—por el momento congelado gracias al acuerdo que este país firmó con varias potencias, pero que podría reactivarse si Trump decide retirarse del acuerdo—y está el caso de Corea del Norte. La proliferación nuclear en estos otros espacios podría terminar por favorecer el que otros actores, que se sienten amenazados, opten por ingresar a esa carrera.

Estas dinámicas no ocurren de la noche a la mañana, pero hay un punto en el que el lenguaje acerca del uso de este tipo de armamento se empieza a normalizar. Pareciera que la posibilidad de repetir Hiroshima y Nagasaki está de nuevo sobre la mesa. Salvo que, en la actualidad, la capacidad destructiva del arsenal existente es muy superior a la de 1945, y salvo que hoy, actores como Corea del Norte, tendrían un poder para responder con el que Japón no contaba en aquél entonces. Estamos hablando de espirales que podrían ocasionar un daño inimaginable, no solo en la península coreana, sino, muy pronto también quizás, en el mismo territorio del país que dirige Trump, sin mencionar otros efectos como los ambientales o los económicos. Pausar por un momento, y reflexionar sobre lo que implican ya no solo los tuits, sino la posibilidad de una represalia masiva y desproporcionada a raíz de algo como un ciberataque, debería hacer que, en lugar de incluir estos temas y su análisis como notas comunes del matutino, llamemos la atención al respecto y recuperemos la relevancia de elevar el tema de la no proliferación nuclear en la agenda global.

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