Ladrón de libros

Juan Manuel Badillo

Confieso que he robado libros. Lo hice pensando que  leer un libro hurtado era un acto revolucionario y porque francamente no tenía el dinero para comprarlos.

El primer libro que hurté fue la biografía de Hernán Cortés, editado por el Fondo de Cultura Económica y escrito por José Luis Martínez; sufrí cometiendo el delito como si estuviera robando el Banco de México pero valió la pena el atrevimiento.

También tomé una revista de cine japonés de la librería de la Cineteca Nacional que me ayudó a descubrir a Akira Kurosawa y su película Los Siete Samurái y desde entonces soy su fan. Me gustó la versión que hizo Pixar de esa película con Hormigas.

Tome el ejemplar de Mientras escribo de Stephen King  y con este libro me di cuenta que nunca iba a ser un escritor de éxito como él, a pesar de ser un profesor universitario mal pagado como lo fue él en algún momento, y feo y miope como él.

Eso fue todo. Mi carrera criminal como ladrón literario abarcó tres ejemplares y me retiré del oficio. Desde entonces ocupan un espacio especial de mi librero.

No me duele haber robado en el Fondo de Cultura Económica porque el proyecto de don Daniel Cosío Villegas era editar libros baratos para los mexicanos más pobres y ahora esa editorial, financiada por el Estado, vende ejemplares a precio de oro que sólo pueden comprar los parientes de Carlos Slim.

Confieso estar arrepentido de haber tomado el libro de King en una tienda en la localidad de Jalpan de Serra, en el corazón la Sierra Gorda de Querétaro, pero me parecía injusto que ese maravilloso ejemplar se vendiera en la misma vitrina donde se ofertaba la música de arrolladora La Banda Limón. Fue un acto de justicia literaria.

Eran otros tiempos, cuando robar libros era cosa de románticos y poetas, de esos que en el aíre las componen. Eran épocas, no hace mucho, dos o tres décadas, que hurtar un manuscrito era un acto de libertad y rechazo al sistema.

Era un delito, bien que se sabía, pero se tenía la idea ingenua de que no era algo punible. El argumento para tales actos eran interesantes y creíbles: el conocimiento debe ser libre y para todos. En todo caso se echaba mano del argumento de Maquiavelo: el fin justifica los medios.

Entonces se leía en las aulas a (Jünger) Habermas o (Herbert) Marcuse, y tantos teóricos más que leímos en la universidad y nunca nadie entendió sus teorías. Se creía que el conocimiento nos haría libres. Se pensaba entonces que una librería era un templo y que los dueños de esos establecimientos eran una especie de monjes cartujos.

Eran tiempos en los que la imagen de un librero era la de un sabio descarriado, tan románticos como los que hurtaban y que vendían libros porque en realidad quería componer el mundo.

Recuerdo al vendedor de libros en la universidad, hombre humilde en todos los sentidos, nunca vi que vendiera libro alguno, pero era capaz de dar una reseña del texto más raro y complejo que pudiera existir.

Luego apareció Mauricio Achar y la célebre librería Gandhi,  con su sistema de venta de libros en estantes abiertos. Los textos estaban a la mano y teníamos la oportunidad de manosearlos. Luego aparecieron los chips para detectar robos y la fiesta terminó para los ladrones de libros.

También está ese templo, el Vaticano del hurto literario, que es la feria Internacional de Libro de Guadalajara. Según estimaciones de los mismos libreros, de cada 10 libros que se vende 3 no pagaron por ellos.

Los métodos de robo actuales son muchos y variados, como el sistema del periódico, el chaleco de doble y triple fondo o el rudimentario sistema de tomar el libro y salir corriendo. Se roba en solitario, en parejas y hasta en grupo.

Ahora, los ladrones de libros son eso, ladrones que se hacen de ejemplares para venderlos al mejor postor.  El negocio del robo de libros es sólo eso, un negocio, que se expande en la venta callejera de textos.

Las cosas han cambiado, ya no existe la mística de quien robaba libros para leerlos o dejarlos abandonados en una banca para que una alma pedida lo rescatara y en sus páginas encontrara las respuestas de la vida.

Eran otros tiempos, otras ideas y otras mañas. Éramos jóvenes entonces, ingenuos, románticos y soñadores. Éramos ladrones de libros y queríamos cambiar el mundo. FIN

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