La Universidad y los derechos humanos

Lídice Rincón Gallardo

Para Gilberto Herrera Ruíz, cómplice de muchas batallas aún por ganar

 

Cuando se realizan encuestas de percepción ciudadana para medir la confianza en las instituciones, la Universidad siempre aparece en un lugar destacado. No sólo porque se trata de una institución que forma a las personas más jóvenes y las prepara para enfrentar los retos laborales y de participación política, sino porque es un crisol de pluralidad que fomenta los valores democráticos inherentes a una sociedad bien ordenada y una convivencia pacífica.

En la Universidad se socializa el conocimiento más especializado, y entonces nos percatamos de que nuestro punto de vista es limitado y necesita enriquecerse de las discusiones y los debates en los que ninguna posición se excluye de antemano. En la Universidad aprendemos a convivir con personas de todas las procedencias socioeconómicas, de todas las filiaciones políticas, de todos los credos filosóficos, y entonces nos maravillamos con los resultados de las libertades de expresión y pensamiento ejercidas en un contexto democrático. Liberados de dogmas y opiniones tradicionales, quienes convergen en la Universidad la convierten en un laboratorio de crítica de las instituciones, las identidades y los discursos públicos.

No debemos olvidar que la sociedad moderna que somos tuvo su punto de inflexión en el movimiento estudiantil de 1968. Como en algún momento señaló, Gilberto Rincón Gallardo, esos jóvenes no fueron marxistas trasnochados sino demócratas adelantados a su tiempo. En ese momento, la Universidad fue refugio y catalizador de las inquietudes de quienes observaban críticamente la manera en que el autoritarismo se había convertido en cultura pública.

Las y los universitarios, y quienes se les unieron desde los sindicatos, los movimientos campesinos o la disidencia política de todas las orientaciones ideológicas, querían que el poder se sintiera amenazado para obligarlo a transparentarse, a ser más horizontal y menos vertical y –en breve– a democratizarse.

¿Cómo fue que se articuló un movimiento social tan plural y a la vez tan unificado por sus demandas democráticas? Creo que la respuesta es porque la Universidad –en este caso la Universidad Nacional Autónoma de México y otras de carácter público– sirvió de catalizador y como casa para el movimiento. La Universidad le imprimió a éste sus valores democráticos: la tolerancia, la valoración de las diferencias, la capacidad de diálogo, la vocación crítica de los argumentos pero que no sataniza ni crea enemigos.

Todo lo anterior me lleva a pensar que, si en la década de 1960, la Universidad fue el espacio que articuló el movimiento estudiantil que sentó las bases de nuestra moderna democracia, ahora la Universidad –sobre todo la pública– tiene que ir un paso más allá y convertirse en el espacio que fragüe la cultura de los derechos humanos en el país. La tolerancia, el respeto del otro u otra, el diálogo que excluye la violencia, son todos elementos que llevan a la protección de la dignidad de las personas en todo momento y bajo cualquier circunstancia. Y hacia este punto se orienta la cultura de los derechos humanos.

Puedo decir con total convicción que, por ejemplo, la Universidad Autónoma de Querétaro está ya desempeñando ese papel, apoyando a la autoridad municipal desde diversos frentes: en la convocatoria de foros especializados, en la instrumentación de mallas curriculares y herramientas epistemológicas para gradualmente ir incorporando a los derechos humanos como elemento central de todas las disciplinas, en la generación de una conciencia entre las y los alumnos acerca de sus responsabilidades como ciudadanía que se involucra activamente con la política local.

Quizá no seamos una sociedad que haya completado su transición a la democracia de manera plena, pero sí podemos medir nuestra salud democrática por el papel que concedemos a la Universidad. Ella tiene que ser protagonista del cambio social, liderar la generación y socialización del conocimiento, así como también formar personas críticas y dispuestas al diálogo y la negociación en democracia. 

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