La oportunidad de terminar con el discurso populista

Jesús Rodríguez Hernández

En colaboraciones anteriores dijimos que los mexicanos siguen aprobando al Presidente de la República por que utiliza el lenguaje como instrumento para controlar la percepción que la ciudadanía tiene de él y de sus decisiones. 

Nadia Urbinati, en su libro “Yo, el pueblo”, desarrolla temas de cómo el populismo transforma la democracia. Plantea la autora que no estamos ante un reto pasajero a la democracia representativa, sino ante una nueva manera concebir la política y de gobernar una vez que el populismo alcanza el poder. Se centra en el populismo convertido en gobierno, no en el populismo como movimiento de oposición.

El populismo, como comentamos anteriormente, tiene motivos, motivaciones y motivadores detrás y, además, responde a situaciones sociales y políticas concretas. Es importante conocer el tema para estar en condiciones de entablar un debate con los defensores y simpatizantes del populismo que centran sus argumentos en la descalificación y la diatriba a las razones. 

El populismo no es un concepto nuevo, surgió en Rusia en la década de 1860, si bien se inspiraba en el campesinado ruso y supuestamente se interesaba profundamente en él, en sus inicios fue un movimiento de intelectuales urbanos. Hay un elemento que define al populismo: deshacerse del establishment o poder establecido y de todo lo que supuestamente representa.

La autora muestra su desacuerdo con el populismo y los peligros que entraña no sólo para el liberalismo, sino también para la democracia. Quien no está enterado del tema crea diversas confusiones como la tendencia a equiparar al populismo con la democracia directa, pues, el plebiscito y el referendo no significan democracia directa en el sentido en que se plantea. De hecho, este tipo de consultas son una especie de distractor del hecho de que el pueblo, por más ensalzado que sea en términos discursivos por la retórica populista, con frecuencia deja todas las decisiones importantes en manos del líder populista y de su voluntad personal.

La debilidad central del populismo está en considerar que sólo una parte del pueblo es el soberano legítimo. Por supuesto, esta parte sería la fracción “buena” del pueblo y, por lo tanto, su legitimidad es esencialmente ética, lo que lleva al populismo a una serie de críticas radicales a la democracia representativa; sobre todo con base en la noción del poder establecido como sinónimo de corrupción. 

En su opinión, Urbinati considera que la visión del “pueblo bueno”, es parcial, deriva necesariamente un liderazgo irresponsable y despreocupado por completo respecto a la rendición de cuentas. Este es un aspecto que, más que ningún otro, aleja al populismo de la democracia y lo acerca al fascismo. 

No obstante, debemos que ser precavidos al respecto, pues este término debe ser empleado con mucho cuidado. Urbinati piensa que confundir al populismo de derecha con el fascismo impide concebir las estrategias necesarias para confrontarlo.

Una de las consecuencias inevitables y más graves de la parcialidad populista es la polarización social. La dimensión del reto político que tienen por delante las sociedades actuales y sus gobernantes es grande, y en buena parte el populismo es producto de las fallas de la democracia de partidos. El populismo implica una serie de riesgos para el funcionamiento de la democracia representativa, las cosas tienen que cambiar en las democracias liberales contemporáneas.

Debemos corregir la vida política en un enfoque federalista y municipal. Dar espacio a las expresiones locales como alternativa para enfrentar en corto y mediano plazo la carencia de participación de partidos nacionales, y la menguada, disminuida, obstaculizada y sometida oposición.   

Expresidente municipal de Querétaro y exlegislador. @Chucho_RH

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