La oportunidad de Peña Nieto

Agustín Basave

Como politólogo, nunca ha dejado de sorprenderme la certeza con que algunos de mis colegas descifran el mandato de las urnas. Sin sombra de duda, ex cathedra, decretan qué le han ordenado a un gobernante millones de votantes que a menudo discurren su voto por muchas y muy distintas razones. El caso de la reciente elección presidencial en México es sintomático. No faltan exégesis sobre la voluntad general manifestada el pasado 1 de julio con minuciosos instructivos que, dicen, el electorado le entregó a Enrique Peña Nieto. La verdad es que la única instrucción inequívoca que yo leo en el conjunto de votos emitidos en esos comicios es la de que EPN se alíe con alguno(s) de sus opositores para desahogar su agenda legislativa, puesto que su partido no obtuvo la mayoría absoluta en el Congreso.

Más allá de lo que presuntamente le ordenaron los mandantes, sin embargo, cabe preguntar qué hará el mandatario. Dado que la confrontación con el bloque encabezado por López Obrador obstaculizará los acercamientos con el perredismo, EPN se verá tentado a aliarse con el PAN. Ya lo hizo para impulsar parte de la reforma laboral de Calderón, y probablemente lo hará con el panismo postcalderonista en torno a la reforma energética, la fiscal y las demás. Pues bien, si sigue por esa ruta creo que el resultado será una serie de reformitas y algunos fiascos. ¿Por qué? Porque la laboral corre el riesgo de perderse en el chantaje de los sindicatos del PRI, y si la energética se sustenta en privatizaciones y la fiscal en el IVA ambas van a provocar el resurgimiento de las movilizaciones lopezobradoristas.

He aquí la oportunidad de EPN. En vez de irse por la opción fácil de privilegiar la prudencia, gobernar con quienes lo llevaron a la Presidencia y con quienes le es más sencillo negociar, hacer cambios menores, restaurar el autoritarismo presidencial en la medida en que logre sojuzgar a los gobernadores priistas, producir una copia remasterizada del antiguo binomio partido-gobierno y preparar su sucesión, podría optar por una negociación con el PRD para construir una reforma hacendaria basada en el cierre de hoyos negros y en el pago justo del ISR por parte de los grandes contribuyentes a fin de crear un sistema de salud universal y las bases de un Estado de bienestar. Si bien es muy improbable que lo haga porque iría contra natura, no debe soslayarse la ganancia en legitimidad y poder que le daría el inhibir la corrupción de mañana, aunque deje a salvo la de ayer, acotar a sus mentores mediáticos y propiciar la depuración de los liderazgos sindicales más corruptos y retardatarios. El costo sería un enfrentamiento con el establishment neoliberal y el sindicalismo charro, pero el beneficio sería aún mayor: el apoyo popular y la edificación de un nuevo pacto social, el hito histórico que Fox dejó pasar.

Mi pronóstico es muy sencillo. Si el movimiento estudiantil se diluye o se confina a minorías radicales y la sociedad civil sigue atomizada, el de EPN no será un buen sexenio. Quizá disminuya la violencia y dé más resultados que los gobiernos panistas, pero en su obsesión por conservar nuestro presidencialismo disfuncional en lugar de adoptar un régimen parlamentario, y ante la inviabilidad de incrementar la sobrerrepresentación y obtener mayoría en las Cámaras, late el peligro de que acabe recurriendo a una versión mexicana del mensalao brasileño y haciendo más concesiones a los que menos las necesitan. Peor aún, tal vez la corrupción se sofistique y se vuelva menos detectable, y los poderes fácticos impongan su voluntad de manera más sutil. En cambio, si las demandas sociales se articulan y presionan al gobierno, las cosas pueden ser distintas. Cierto, no hay nada en el pasado de EPN que apunte en esa dirección, pero a veces las personas que ambicionan pasar a la historia cambian su personalidad bajo presión y en circunstancias extraordinarias. Habría que ver su reacción si la realidad lo acorrala y le enseña que no vamos a salir del atolladero privilegiando el orden establecido y manteniendo una Constitución anacrónica y lejana de la realidad, y si la gente le exige una refundación que edifique una sociedad más honesta y justa. La clave política está en el PRD; si sus moderados convencieran a sus radicales de que el imperativo para llegar a la Presidencia en 2018 no es enojar a los electores esperanzados sino esperanzar a los enojados, es decir, proponer y negociar en vez de protestar y chocar, el rumbo de estos seis años podría ser otro.

Este último escenario es, como dije, muy remoto. Pero nadie traga lumbre, y si los mexicanos manifestáramos con suficiente fuerza nuestra voluntad de cambio, a EPN no le quedaría más remedio que montarse en la ola o ser arrastrado por ella. Y es que a mi juicio el mandato democrático se expresa menos al elegir a un gobernante y más al encauzar y vigilar su actuación. No estoy seguro de qué pasaría si se diera ese aluvión ciudadano pero me temo que, si no sintiera el peso de la ciudadanía, el próximo gobierno aplicaría un remedio para curar el cuerpo de México que podría agravar la enfermedad de su alma.

Académico de la Universidad Iberoamericana

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