La obra maestra

Eduardo Mejía

Existen dos versiones: la que conoce todo el mundo de habla hispana, y otra, la que oímos los que íbamos a las tertulias

Sucedió durante varios meses, todos los lunes, en un restaurante especializado en paellas, en pleno centro de la ciudad de México; aunque hubo varios protagonistas, dos son los actores principales; los demás, curiosos testigos.

Los actores eran sudamericanos; uno, publicista, periodista y a ratos escritor; tenía algunos libros publicados, pero ninguno vendía más que unas cuantas decenas de ejemplares; el otro era un diletante que vivía de aplicar sus conocimientos, su amplísima cultura, su ortografía estricta aunque flexible, y su prodigiosa memoria, en la corrección de libros; ambos, con mucho sentido del humor; ambos, mitómanos; el primero era prestidigitador; el otro, sólo mago; la diferencia radicaba en la audacia del primero y en el rigor del segundo.

Ambos se reunían en alguna de las tres (en realidad seis) librerías cercanas; las tres, propiedades de españoles cultos, amables, atentos a los gustos de la clientela; dos de ellos, estrictos (a uno lo vi que corrió a un posible cliente porque copiaba datos de un libro,  supuestamente hojeándolo para ver si lo compraba); el otro, contagiado del humor de sus clientes, armaba tertulias a diario, fuera con cineastas, con críticos de cine, pintores, poetas, jóvenes novelistas que lo convirtieron en personaje de sus novelas o de sus autobiografías.

El prestidigitador y el mago se juntaban los lunes en alguna de las librerías; jugaban a las adivinanzas, porque no se ponían de acuerdo en donde sería la reunión, pero muy pocas veces fallaron; después de revisar  las novedades viejas, escuchar los corrillos de la última semana, esperaban a que cerraran la librería y caminaban unos pasos hacia el restaurante especializado en paellas, y allí proseguían la plática en lo que bebían dos o tres cervezas, cuando mucho, y luego se despedían, en la terminal de los camiones que iban, unos hacia el norte de la ciudad, otros hacia el sur; el prestidigitador iba a San Ángel, y lo acompañaba un joven editor y escritor aún sin la fama que se merecía; el mago iba hacia el norte, y lo acompañaba un empresario simpático y divertido; en el camino comentaban la tertulia.
Un día el prestidigitador faltó a la cita durante cinco semanas; ni su compañero de viaje sabía el motivo de la ausencia. A la sexta se presentó radiante, más alegre, menos chismoso, con un aura adornándole la melena negra y alborotada; el mago adivinó: “¡estás escribiendo una novela!”.

El prestidigitador asentó, y comenzó a platicar la trama: “se me ocurrió durante un viaje”; los contertulios (puros escritores ese día) se fascinaron con la anécdota, fantasiosa e increíble, pero que el prestidigitador hizo verosímil.

Al abordar el camión, cerca de la medianoche, su compañero de trayecto le dijo, casi en tono de reproche: “cómo te envidio, yo no podría contar la trama de una novela porque se me ceba”, y le aclaró el significado del mexicanismo.

El prestidigitador se alarmó, porque era, como todos los de su provincia, supersticioso (por ejemplo, nunca copulaba con los calcetines puestos); llegó a su casa y rompió las cuartillas que había pergeñado en esas semanas, y volvió a escribirlas, con redacción diferente y cambió algunas de las anécdotas, aunque la trama principal la conservó, con modificaciones, lo que lo llevó a ensayar una nueva estructura.

A la semana siguiente, apurado por los contertulios, no sólo contó las nuevas peripecias (aunque no era el adjetivo adecuado, dictaminaron el editor y el mago) de la novela, y no sólo eso, sino que leyó las nuevas cuartillas. Sólo que para que no se le cebaran, eran diferentes a las que escribía en su casa; sus contertulios, cada vez más numerosos, impulsados al ser testigos de la nueva obra maestra, disfrutaban las aventuras de aquella familia singular.

Se cumplió el plazo, terminó la novela, y luego de unos meses llegó con un tambache de ejemplares para los contertulios más asiduos; alguien empezó a leerla, y reclamó: “esto no es lo que nos leíste”; “no, claro, porque se me cebaba”. Todos festejaron la ocurrencia, menos el mago, que a la semana siguiente llegó con unas cuartillas encuadernadas: “aquí está lo que nos leíste”, dijo: todos los lunes llegaba a su casa, y gracias a su memoria prodigiosa, reproducía lo que el prestidigitador había leído, comas más, comas menos.

Así que existen dos versiones: la que conoce todo el mundo de habla hispana, y otra, la que oímos los que íbamos a las tertulias, aunque ya sólo la recordamos el mago y yo, con todo y puntos y comas e interjecciones.

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