La muerte de un Canserbero

Lídice Rincón Gallardo

Para Emmanuel, por el tiempo convulso que le tocó vivir

No sé si alguna vez se han planteado ustedes la pregunta acerca de si es más fácil o más difícil ser joven el día de hoy que hace algunas décadas. Desde hace tiempo esta cuestión me es recurrente, de cara a la violencia, la falta de oportunidades o la discriminación que experimentan los más jóvenes, pero también frente a la tecnología, o las inmensas posibilidades de comunicación que hoy ellos y ellas disfrutan, y que antes parecía imposible de lograr.

Quizás se trate de una pregunta retórica la que he planteado, pero lo cierto es que actualmente las y los jóvenes tienen mejores y peores condiciones para vivir. Mejores porque hoy, con el acceso a las tecnologías de información y comunicación, nuestros chicos pueden acceder a recursos educativos o culturales ilimitados, y también entrar en contacto con sus pares, para intercambiar ideas y opiniones. Pero también es más difícil vivir esa vitalidad en un contexto donde la cultura de la muerte, las adicciones, la violencia y el crimen organizado se han instalado.

Hace unos días, mi hijo Emmanuel se entristeció por la muerte del músico de rap venezolano Tyrone González, de 28 años, mejor conocido como Canserbero, quien cayó de un décimo piso en la ciudad de Maracay. Hasta ahora yo no había escuchado de él, pero me llamó la atención que mi hijo se sintiera dolido de la muerte de alguien que no conocía.

Cuando le pregunté la razón, me respondió hablando de su valor, de su crítica al conformismo y de su melancolía y rabia para denunciar las condiciones políticas y sociales que hacen la vida difícil a los jóvenes. Y después de recitarme algunos de los versos que acompañan la música de Canserbero, Emmanuel me puso algunas de sus canciones. Me impactó; ¿cómo pueden estar los jóvenes tan identificados con una música que expone de una manera así de cruda la fragilidad de la vida, la apatía de la sociedad frente a quienes son diferentes o la violencia que significa la falta de oportunidades económicas? Quizás porque no les hemos construido un ambiente de optimismo o esperanza, y porque muchos de ellos y ellas se ven reflejados en esa crítica hacia la dimensión estructural de la discriminación hacia los más jóvenes.

Escuchar a Canserbero no es una experiencia agradable, pero sí es una experiencia que nadie debe perderse. La razón es que en su música hay un modelo de vida para nuestros jóvenes, quizá no el más optimista, pero sí uno que es real y directo. En esos versos, se filtra una dignidad que reivindica la capacidad de las y los jóvenes, para resistir, para aprender, criticar y para ser quienes son, aunque la sociedad se empeñe en criminalizarles.

Hay quienes sospechan un suicidio a causa de una depresión aparentemente desmentida por la familia. Lo cierto es que su música, y cómo muchos chicos y chicas se identifican con ella, nos tienen que hacer pensar más bien sobre el presente de muerte y miseria que les estamos obligando a vivir.

Debemos reflexionar acerca de cómo aprovechar ese potencial crítico y propositivo que se expresa en la música de Canserbero y que comparten muchos de nuestros jóvenes. Seguramente, después de escuchar su música, no nos sintamos más tranquilos en nuestras conciencias, pero si empezaremos a pensar sin complacencia lo que significa ser joven en un contexto de tantas posibilidades de conocimiento y comunicación y, al mismo tiempo, con tan poca esperanza y certezas.

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