La llamada Trump-Ebrard y lo que no se vio de la negociación

11/06/2019
08:59
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El viernes 7 de junio la delegación mexicana amaneció pesimista. Tras desayunar en Washington D.C., todos pronosticaron que el presidente Donald Trump impondría un arancel de 5% tres días después. Llevaban una semana intentando cabildear lo contrario y parecía que se estrellaban contra la pared. El tiempo estaba por agotarse y sobre la mesa tenían dos documentos: la declaratoria de emergencia nacional que firmaría Trump para argumentar el arancel y un estudio del Consejo Coordinador Empresarial que calculaba que era peor el arancel que no tener TLC: más de un millón de empleos perdidos y caída de 1.2% del PIB. Una catástrofe.

Encima de todo, habían pulsado que el Partido Republicano no iba a contradecir a su presidente si imponía el arancel. Estaban tratando de convencerlo de que no lo hiciera, pero si lo hacía, no lo votarían en contra.

Los nubarrones se fueron disipando durante las diez horas que estuvieron en el Departamento de Estado, casi sin comer, hasta que a las siete de la noche hora local el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le marcó por teléfono al canciller mexicano Marcelo Ebrard. Quería pulsarlo, escucharlo de viva voz, hacerlo que se comprometiera. Terminó la llamada y había acuerdo: 45 días de gracia, sin arancel, para ver si es cierto que las medidas implementadas por el gobierno de López Obrador contendrían la migración. Si no, aranceles y además estará sobre la mesa de nuevo la exigencia americana de que nuestro país se vuelva “tercer país seguro” para que los migrantes soliciten asilo aquí y no en Estados Unidos.

La historia que culminó con esa llamada telefónica comenzó unos días antes, en un restaurante de Washington. Sin citas con nadie relevante del gobierno de Trump (los mexicanos aterrizaron viernes 31 de mayo pero sus contrapartes los recibieron hasta el miércoles siguiente), un cercano a la cúpula republicana les ofreció en la cena una sugerencia sobre cómo convencer al presidente estadounidense para que desistiera de los aranceles: usen la estrategia del fregadero de cocina (kitchen sink): echen todo lo que traigan, pongan todo sobre la mesa, ofrezcan todo lo que se les ocurra y algo de eso les hará sentido.

La negociación real inició el miércoles 5 de junio por la mañana. Los recibió una delegación encabezada por el vicepresidente Mike Pence, quien abrió la plática elogiando enfáticamente al presidente López Obrador y diciendo lo mucho que lo admiran Trump y él. Pero acto seguido puso sobre el escritorio la gráfica brutal: en mayo se había disparado a 144 mil el número de migrantes que llegaba a Estados Unidos sin documentos. Y ni cómo aplicarle el “yo tengo otros datos”.

Ebrard reviró poniendo sobre la mesa las fotografías de lo que había sucedido ese mismo día: la Guardia Nacional había contenido en la frontera con Guatemala el paso de una caravana migrante. Su objetivo era argumentar que México estaba actuando ya. No bastó: Estados Unidos quería que México fuera “tercer país seguro” y daban por hecho que el lunes entraban en vigor los aranceles.

El jueves no hubo reuniones de alto nivel, pero sí intercambios con abogados del gobierno americano. La embajadora Martha Bárcena fue clave este día para explicar que lo del “tercer país seguro” requería aprobación del Congreso mexicano y que no sería tan inmediato como quisieran los vecinos. Aparentemente no sabían eso, y a pesar de que le reviraron que Morena tenía mayoría en las Cámaras, entendieron que no era de un día para otro. Sin embargo, todos actuaban hacia la misma dirección: el lunes entran en vigor los aranceles, y con gusto seguimos negociando.

Así llegó el viernes: El amanecer pesimista, las diez horas en el edificio de Mike Pompeo y la llamada Ebrard-Trump que terminó sellando el pacto.

Acabaron tan extenuados que, tras volar a San Diego para acudir al mitin de Tijuana el sábado por la tarde, Marcelo Ebrard canceló su participación en el influyente programa de televisión dominical estadounidense que conduce George Stephanopoulos y el lunes la embajadora Martha Bárcena se declaró enferma.

Todo esto me lo cuentan fuentes de alto nivel del gobierno mexicano.

Carlos Loret de Mola nació en Mérida, Yucatán, México, en 1976. Tiene una licenciatura en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).

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