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La deslealtad como virtud

En la obsesión por no ser perdedor, un ser humano es capaz de cometer hasta las peores indecencias.
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16/07/2017
09:49
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Acostumbramos acusar al narco de que nunca le basta con lo que gana, de que siempre quiere más y más: ya no sólo el cultivo, fabricación y trasiego de drogas, sino también el cobro de piso, la extorsión, el robo de combustible, el tráfico de personas, el secuestro, y más aún, la construcción de edificios y la adquisición de arte, y todavía más, la  participación directa en política.
  
Esto nos parece demasiada ambición y más de una vez he escuchado a personas preguntarse para qué necesitan tanto, por qué no son capaces de decir “con esto es suficiente”.  

Pero la verdad es que, si uno voltea alrededor, esa es la cultura en la que vivimos y de la que participamos todos, no sólo la delincuencia.

Cualquier empresa, cualquier persona, siempre está queriendo ganar más. Nunca le basta con el dinero que tiene. Y siempre quisiera además, tener poder. De cualquier tipo: en su familia, entre sus vecinos o colegas de trabajo, en la política.

En las grandes empresas corren a sus CEO cuando no dan resultados en los cuales siempre, lo que se dice siempre, la curva de ganancias sea ascendente.  Eso sucede no solamente en las petroleras o armadoras de automóviles, sino incluso en las que venden ropa, zapatos y hasta lencería. 

En el caso de los medios de comunicación, oscilan entre la necesidad de informar, analizar y opinar y la de ganar dinero. Pero recientemente Charlie Beckett, profesor de la London School of Economics, aseguró con tristeza: “Hay que admitir que el periodismo no es rentable”.

¿Qué quiere decir rentable?

Si se trata de salir adelante bien es una cosa, pero si se trata de ganar toneladas de dinero, es otra. Y la pregunta es: ¿No era otro su objetivo?

Algo similar sucede con las empresas que producen libros. Hace  poco tiempo el director de una de las principales editoriales del mundo les advirtió a sus directores que “no me interesa publicar ningún título que no garantice vender por lo menos un millón de dólares”. 

¿No se suponía que los libros eran para transmitir conocimientos, vida espiritual y otras de esas gracias?

Pero la idea de que en esta vida siempre hay que ganar más no tiene solo que ver con el dinero y el poder, sino que ya se convirtió en una cultura que afecta a todo lo que toca. Por eso hoy el peor insulto es “perdedor”.

Si traslado esto a nuestra vida política, me percato de que en la obsesión por no ser perdedor, un ser humano es capaz de cometer hasta las peores indecencias. 
  
Pocos ejemplos dan tan bien fe de esto como el de Manuel Bartlett, quien en su afán por seguir en el candelero no se pone la mano en el corazón para cometer actos de extrema deslealtad y denunciar (¡a estas alturas!) aquello en lo que (vergonzosamente) él mismo participó (aunque se autoexculpa): el fraude que le dio el triunfo a Carlos Salinas de Gortari. 

Pero lamentablemente esa cultura está tan inserta en nuestro ADN que a nadie le parece grave.

Por eso un candidato a la Presidencia, creador de un partido que habla de regeneración nacional y de principios, lo acepta sin mayor problema en sus filas, con el argumento de que “hay que perdonar y dar una segunda oportunidad”.

Esto me recordó una historia: a un amigo le robaron su bicicleta. Un sujeto entró a su casa y frente a sus narices se la llevó. Desde entonces todos los días lo veía pasar frente a él, feliz en su transporte, mientras el verdadero dueño iba a pie. 

Conforme el tiempo pasó, el ladrón olvidó la cara del agraviado, pero éste no olvidó la del ladrón. Y cada vez que se encontraban se le quedaba mirando con intensidad para que se sintiera mal, pero aquel ni enterado y más bien al contrario, pensó que quería ser amable y empezó a saludarlo. A los pocos meses, el agraviado, que era un hombre bueno, se sintió obligado a responder el saludo. Y al rato hasta parecían amigos. 

Pero, ¿le quitaba eso lo ladrón al ladrón? ¿Hizo menor el daño al agraviado? 

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