La declaración de Acapulco

Leonardo Curzio

Las ausencias cuentan y en política cuentan aun más. AMLO decidió no acudir a Acapulco y argumentó razones de agenda. No sé cuál haya sido el verdadero motivo, pero puede leerse en dos claves. La primera (y más probable) es que la izquierda vuelve a ver cómo su futuro se bifurca: dos sensibilidades, dos formas de ver la negociación. Las animadversiones son casi sicilianas y la desconfianza es estructural y a pesar de todo se ha mantenido unida contra viento y marea, pero especialmente contra ellos mismos. El dilema no es nuevo y palpita en el corazón de esa corriente política desde finales de los 80. Las corrientes son muchas y los matices importantes, pero en términos generales se han agrupado en dos bloques separados por una fractura que algunos ubican en el plano ideológico y otros en el organizativo. En los primeros años de vida del PRD la tensión estaba entre los ex priístas que, con enorme habilidad, tomaron la dirección del movimiento en detrimento de la izquierda comunista que pasmada veía el colapso del mundo comunista y la tradición guerrillera se eclipsaba en todo el planeta. Hacia finales del siglo, y especialmente después del descalabro de 1994, la tensión cambió de punto y se situó entre los seguidores del líder carismático y los institucionalistas que ganaban espacio a medida que crecía el poder del partido en el Congreso y en la estructura territorial. Los debates ya no eran sobre aspiraciones o utopías, sino sobre espacios de poder y una cuenta de banco cada vez más abultada gracias a las prerrogativas previstas en la ley electoral de 1996.

El gran dilema de aquellos años lo personificaron AMLO y Muñoz Ledo; uno, líder del partido y otro, de los diputados, cuando se enfrentaron al detestable paquete del rescate bancario. Muñoz Ledo sabía que una oposición institucional, que en aquellos años ganaba espacio en las instituciones, debía pactar los grandes temas nacionales y tratar de incidir en ellos y no jugar al purismo señoritil de no hablar de lo prosaico y no ensuciarse las manos. Porfirio sabía que tener 125 diputados (el PAN tenía 120) permitía (como ocurrió) ejercer funciones de gobierno en la Cámara, pero también implicaba asumir las responsabilidades de ser un poder del Estado. AMLO ganó aquella partida y usó el Fobaproa como su caballito de batalla obteniendo cuantiosos beneficios para su causa, pero sin haberle ahorrado un peso al contribuyente o participar en la integración del IPAB. La oposición panista cumplió esa función con un desgaste enorme en el corto plazo, pero con un gran crédito en el largo plazo, tanto que pudo conquistar el poder en 2000. Usar el poder institucional desgasta, pero no usarlo desgasta más y la gente vota para dar poder y que éste se use.

En 2006 el dilema volvió a presentarse en términos muy parecidos. La enorme cantidad de votos captados por la coalición Por el Bien de Todos, permitió a la izquierda tener nuevamente una poderosa bancada que terminó dividida y sin poder erigirse como un interlocutor confiable y coherente. Los socios de la coalición (PT y Convergencia) votaban como querían e incluso algunos diputados perredistas seguían la línea de AMLO en clara confrontación con la estructura del partido y las coordinaciones parlamentarias. La decisión tomada tuvo un costo electoral enorme en 2009 y sólo entendiendo esta claudicación de la izquierda a ejercer su poder institucional puede explicarse el ascenso del PRI en aquellos años. Ahora el dilema vuelve a presentarse en términos muy parecidos. El PRD, como partido es el tercero, ya que tiene 100 diputados y los panistas 114, pero con sus socios puede llegar a 135 (19 del PT y 16 de MC). Juntos hacen la diferencia, separados le dejan al PAN la mano, en lo tocante a la función opositora. En Acapulco los partidos de izquierda afirmaron que su intención es formar un bloque, lo cual es lógico desde la perspectiva de la aritmética parlamentaria, pero el gran asunto a despejar es si AMLO decidirá moverse de la postura actual (la única negociación es declarar inválida la elección) y permitir que sus legisladores afines trabajen con la lógica de hacer una oposición vigorosa, pero constructiva, o repitan el mismo error de 1997 y del 2006 y le vuelvan a hacer ascos a la política institucional.

La segunda clave de lectura (valga la ingenuidad) es que AMLO no haya ido a Acapulco para dejar a Ebrard lo que en justicia le corresponde: tomar el relevo en el liderazgo de la izquierda.

@leonardocurzio

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