La corrupción rampante

Sara Sefchovich

Hace unos días en Alemania fue detenido un ciudadano mexicano que llevaba en su equipaje: “55 tortugas, 30 lagartos abronia, 4 víboras cornudas y 5 iguanas.”

Lo detuvieron porque no llevaba los permisos necesarios, y ello es así porque es imposible conseguirlos ya que se trata de animales en peligro de extinción, protegidos por leyes y convenios internacionales. Por eso los llevaba “escondidos” en su maleta.

¿Cómo había logrado salir de México con esa carga? ¿Cómo pudo pasar las “intensivas revisiones” que nos hacen a todos los mortales en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en donde abordó un avión para España? ¿No acaso a cualquier pasajero le encuentran (por escondida que esté) su botella de agua, su perfume, su cortauñas y tiene que tirarlos a la basura? ¿No hasta tiene que hacer trámites para poder llevar la mamila de su bebé?

Es evidente que el hombre tuvo apoyo de parte de quienes se encargan de revisar el equipaje en el aeropuerto de la Ciudad de México. Y no solo eso, para que los 94 animales no murieran en un viaje tan largo (uno sí murió), necesariamente tuvo ayuda para que colocaran en un lugar adecuado la maleta que los transportaba, ya que el área de equipajes del avión no tiene las condiciones para que sobreviva un ser vivo —desde por la temperatura hasta por la falta de aire para respirar—. Necesariamente había quien estaba enterado del contenido de la maleta y la colocó en donde se transportan los animales que sí cuentan con la documentación para viajar.

Es evidente también que en su destino igualmente contaría con ayuda para poder introducir ese tipo de carga. El problema fue que por alguna razón el avión fue desviado a Frankfurt y allí es donde lo detuvieron.

No hay que ser detective para que quede claro que esta persona no es un individuo solitario sino parte de una poderosa red de tráfico de especies. Sabemos que en nuestro país políticos y empresarios poderosos están metidos en esto del tráfico de especies y sus nombres son conocidos. También es conocido que en el aeropuerto de la Ciudad de México hay problemas con la seguridad, policías coludidos con delincuentes, encargados de las revisiones de equipaje que abren las maletas de los pasajeros para robar, empresas que dan certificados de capacitacion falsos. De hecho precisamente por eso, nos dicen que ahora se le va a quitar la concesión de la seguridad a la empresa española contratada para dar esos servicios en el aeropuerto capitalino. Pero mientras tanto no requiere demasiado esfuerzo establecer la conexión: el señor salió del aeropuerto mexicano vigilado por una empresa española y su destino era un aeropuerto español.

Por supuesto, no esperamos que las autoridades mexicanas (ni las españolas) vayan a investigar. Primero porque tienen cosas más importantes de qué ocuparse que unos animales (la delincuencia organizada ha sido un perfecto pretexto para no atender otro asunto) y además, porque en estos negocios ilícitos estar involucrado rinde más que hacer cumplir la ley. Veremos si los alemanes sí descubren la red.

En esos mismos días, murió en la ciudad de Mérida una persona que donó su hígado. Estos donativos son muy escasos en nuestro país y hay larga lista de desesperados receptores esperando, a veces hasta por años, el preciado órgano que les puede salvar la vida. A quien le tocaba en esa ocasión vive en Monterrey, así que imaginemos su felicidad al saber de la donación. Pero no pudo recibirlo porque unos burócratas no permitieron subir al avión el refrigerador en que se lo transportaba, pretextando leyes y reglamentos que había que cumplir.

Decía Martín Luther King sobre su país que “un edificio que produce mendigos necesita una reforma”. Lo mismo vale para un país que produce tantos ciudadanos corruptos.

Escritora e investigadora en la UNAM

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