La Conquista y la República rencorosa

01/04/2019
06:27
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En memoria de nuestro amigo 
Virgilio Caballero.

No me parece trivial el incidente de la carta a España; dice mucho sobre cómo podría ser la diplomacia en este gobierno, la visión histórica de nosotros mismos, y sobre el uso político que de ella hace López Obrador. Coincido con AMLO en que los 500 años de la Conquista abren la oportunidad para una nueva reflexión sobre nuestro origen como nación. Por lo cual sería buena idea invitar a historiadores españoles para, junto con los mexicanos, reflexionar sobre esos hechos. Y desde luego, muy bueno era invitar al rey de España a un acto para refrendar la reconciliación entre ambos pueblos. Lo cual hubiera sido más probable si se le dejara al rey confeccionar su propio discurso antes que exigirle un machote a nuestro gusto. Seguramente ese discurso hubiera tenido un tono amistoso y conciliatorio. Ahora ese canal parece cerrado en medio de injurias, resentimientos y acusaciones, donde no las había. Si se buscaba un acercamiento y refrendo a la conciliación, la torpeza del gobierno arrojó justo lo contrario. No hay oficio diplomático, y todo indica que la Presidencia se saltó los canales adecuados.

Como sea, la historia no es en blanco y negro; tiene matices. Así, los vencedores de Tenochtitlán mayoritariamente fueron indígenas agraviados por los aztecas, conducidos por apenas un puñado de españoles (no pasaban de 1,500). De ahí aquello de “La conquista la hicieron los indios…”. Cortés supo aprovechar dicha división: “Vista la inconformidad de los unos y de los otros, no hube poco placer, porque me pareció hacer mucho a mi propósito, y que podría tener manera más fácil de sojuzgarlos”. La matanza tras la derrota de la ciudad recayó sobre todo en los tlaxcaltecas. Dice Bernal: “Tan grande era la crueldad de nuestros aliados, que por ningún motivo querían respetar una vida, pese a nuestra reprobación y ejemplo”. Comprensible, su odio a los aztecas. La corona española podría aducir, por otro lado, que puso de su parte para evitar los atropellos a los nativos a través de las leyes de Indias, propiciadas por monjes como Antonio de Montesinos, quien en un célebre sermón censuró a los colonos: “Todos estáis en pecado mortal por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes”. El pupilo de Montesinos, fray Bartolomé de las Casas, convenció a Carlos V de emitir un edicto que decía: “La actuación de los conquistadores en las Indias ha sido ilegal; el Consejo de Indias deberá elaborar un plan de acuerdo al cual las posesiones de América puedan gobernarse sin violencia”.

Con perdones o sin ellos, los mexicanos seguimos cargando el estigma de la Conquista, que como muchos autores han señalado, nos genera un conflicto interno como herederos simultáneos de las víctimas y de los victimarios. Decía Paz: “El odio a Cortés no es odio a España; es odio a nosotros mismos… Cortés divide a los mexicanos, envenena las almas y alimenta rencores anacrónicos y absurdos… apenas Cortés deje de ser un mito histórico… los mexicanos podrán verse a si mismos con una mirada más clara, generosa y serena”. Aún no lo hemos logrado, evidentemente. Es un problema nuestro. Y eso debido a la forma en que se enseña la historia oficial; de manera simplificada y maniquea, en la que los mexicanos nos asumimos sólo como herederos de los indígenas, y en particular, de los aztecas. De ahí aquello de “Los españoles nos conquistaron”. No, conquistaron a los pueblos originarios que habitaban estas tierras, que se hallaban en guerra continua.  Parte del problema con López Obrador es el uso simplista y binario que hace de la historia; quienes no están alineados con su proyecto —o lo cuestionan en algo—  son herederos políticos de Cortés, Calleja, Santa Anna, Miramón, Díaz y hasta Huerta. Ese es su ruta para construir la República Amorosa que ofreció: polarizar, dividir, satanizar, confrontar, y fomentar enconos; ahora también con los españoles. Aunque no con su homólogo Donald Trump… hacia él, respeto absoluto (por consulta popular).

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