La congruencia de Carlos Urzúa

15/07/2019
08:21
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La semana pasada escribí, en este espacio, de cómo se llenó el vaso de la Policía Federal.  Ahora, los acontecimientos de la semana pasada me obligan a hablar de otro vaso que también terminó por colmar la gestión del presidente Andrés Manuel López Obrador: el vaso de Carlos Urzúa.

Cuando una cosa sucede con regularidad se puede hablar de que existe un patrón. Y tal pareciera que en esta administración federal existe un patrón por llevar las situaciones al límite, obligando a los involucrados a tomar una decisión vital: plegarse sumisamente a las decisiones del presidente o ser congruente y sufrir las consecuencias. 

En un acto de valentía, Carlos Urzúa se vio en la obligación de elegir lo segundo: la congruencia. Como se puede leer entre líneas en su carta de renuncia, su congruencia no fue fruto de un acontecimiento aislado; su congruencia fue fruto de la reiteración, del hartazgo y de la cerrazón.

Carlos Urzúa estaba harto de sufrir la falta de rigor de un gobierno que desdeña los datos objetivos; harto de observar que una administración que se autodefine como una transformación moral del país escoge a los perfiles más cercanos –en claro conflicto de interés– para ocupar los puestos de responsabilidad y no los perfiles más preparados; harto de ver como sus posturas, basadas en evidencias y conocimientos, no eran escuchadas ni tomadas en cuenta por el simple hecho de no ser o estar contempladas dentro de las ocurrencias del presidente.

Carlos Urzúa estaba harto, pero también preocupado. No le preocupaban su carrera ni su prestigio: estaba preocupado por el pueblo mexicano. Desde su posición al más alto nivel entendía, mejor que nadie, el riesgo de guiar a un país desde la improvisación, desde la ocurrencia. De ahí la denuncia más fuerte presente en su carta de renuncia: “en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento.”

Cuando en un municipio o en un estado se toman decisiones sin el suficiente sustento el resultado es terrible: destrucción de empleos, pérdida de competitividad, endeudamiento, etc. Sin embargo, gracias al pacto federal, esas decisiones pueden mitigarse en cierta forma. 

Cuando en un país donde viven 130 millones de personas, donde la mitad viven por debajo de la línea de pobreza, donde un centenar de hombres y mujeres mueren todos los días asesinados, donde 30 millones de almas viven en pobreza alimentaria, donde uno de cada ocho niños menores de cinco años padecen desnutrición crónica, tomar decisiones de política pública sin el suficiente sustento es, simplemente, un suicidio y su resultado es más pobreza, más violencia y más hambre.

Carlos Urzúa sabe, como hombre inteligente que es, que la economía no es un juego. La economía tiene sus propias reglas –por más que eso no le guste al presidente– y el que no las sigue pierde; no el presidente, el país entero. 

Si algo aprendió México de los terribles años de crisis en los setenta, ochenta y noventa, es a no jugar con la economía: a no despilfarrar en proyectos faraónicos, a no excederse en los programas paternalistas, a no arriesgar el ahorro de la gente.

Tal parece que el presidente y su gabinete han olvidado esa lección y la única forma que encontró el exsecretario de Hacienda para recordárselas fue la congruencia. Una virtud raramente vista en la política mexicana. Por ello, el inédito acto de renuncia de Carlos Urzúa debe ser una advertencia: o se corrige el rumbo o el país regresa a los gloriosos años de Echeverría. 

Es momento de corregir el rumbo en materia económica, con una idea clara de fomentar la inversión y el empleo, dejando del lado ocurrencias e improvisaciones, será en gran reto del nuevo secretario de Hacienda, al cual daremos nuestro voto de confianza por México, aclaro por México. 

 

Diputado federal por Querétaro

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