Intolerancia religiosa y la política del miedo

Norberto Alvarado Alegría

La semana pasada, el mundo registró dos atentados terroristas atribuidos al Estado Islámico (ISIS), el primero de ellos, en Beirut afuera de una mezquita que provocó más de 40 muertos y más de 200 heridos, y el pasado viernes, los atentados terroristas en la ciudad París, que nos hacen recordar el ataque del 11 de septiembre a las Torres Gemelas donde murieron miles de personas. Lamentablemente, a la sociedad occidental de hoy sólo le asombran estas acciones terroristas por su magnitud, y la rapidez con que se vuelven virales en las redes sociales y los medios de comunicación; pero dejamos a un lado, el asombro y la preocupación por los episodios menores de violencia que suceden a nuestro alrededor cotidianamente y hasta los vemos como asuntos normales, como consecuencias necesarias, daños colaterales de la vida occidental, liberal y de mercado consumista a la que nos hemos acostumbrado.

La intolerancia religiosa es la mayor causa de guerras y violencia que se tiene registrada en el mundo desde que el hombre apareció. La pugna entre los dioses y el celo que cada uno reclama para sí mismo a los hombres antiguos y modernos es tajante y no admite flexibilidad. Basta leer La Íliada de Homero, el Antiguo Testamento y el Corán, para entender que cuando el hombre no encuentra explicación racional recurre a los dioses que él mismo crea como parte de su cultura, para justificar la verdadera naturaleza humana, a la que atinadamente Hobbes calificó al hombre como el propio lobo del hombre. Las ideas filosóficas, valores, relaciones sociales, costumbres y puntos de vista sobre la forma en que debe vivirse la vida, varían de forma significativa de una civilización a otra, y así ha sido durante miles de años, basta releer la historia de Palestina como el ejemplo más significativo.

Según Huntington en su choque de civilizaciones, cuando el mundo comunista se desplomó y el sistema internacional de la Guerra Fría pasó a ser historia, en el nuevo mundo de la Posguerra Fría, las distinciones más importantes entre los pueblos ya no fueron entonces ideológicas, ni políticas ni económicas; sino culturales. Bobbio lo secunda al asegurar que las ideologías políticas de la derecha y la izquierda han desaparecido del escenario mundial. En este orden mundial, que es el único que conocen las nuevas generaciones, los conflictos más generalizados, importantes y peligrosos, ya no son los que se producen entre clases sociales, entre ricos y pobres, sino aquellos que afectan a pueblos de diferentes entidades culturales. Desde 1990 hay variados ejemplos: Israel y Palestina, los Balcanes, Chiapas y México, Quebec y Canadá, y más recientemente el intento de separación de Cataluña y España.

Hoy en día, como hace miles de años, las personas y las naciones están intentando responder a la pregunta más básica y compleja que los seres humanos pueden hacerse: ¿quiénes somos? La respuesta es a través de la forma tradicional en que hemos contestado desde siempre, es decir, haciendo referencia a las cosas importantes para cada uno y la colectividad. La gente se define desde el punto de vista de la raza, la religión, la lengua, la historia, los valores, las costumbres e instituciones; es falso que haya un esquema único e universal de referencia, como el que católicos, protestantes, judíos y musulmanes han intentado imponer a la fuerza en diversos momentos de la historia. Las personas se identifican con grupos de interés que les dan identidad y pertenencia, con una visión comunitaria, que difiere de la posición liberal e igualitaria que hoy plantea a ultranza la corriente de los derechos humanos del mercado consumista.

La gente usa la política no sólo para promover sus intereses económicos, sino para definir su identidad. El diálogo mundial no puede seguir transitando por los canales del mercado, tienen que explorarse otras vías de entendimiento, que partan del diálogo interreligioso propuesto por el teólogo Hans Küng. La revitalización de las religiones, primordialmente el fortalecimiento del Islam y del protestantismo en todo el mundo por un lado, y la decreciente fuerza del catolicismo en Europa y América Latina por el otro lado, está reforzando estás diferencias culturales, que se materializan en episodios de odio y violencia, que los políticos utilizan para ganar espacios de poder a través de la política del miedo.

El resurgimiento religioso del Islam es una reacción en contra del laicismo, el relativismo moral y los excesos del mercado de consumo. Se requiere una reafirmación de los valores de la solidaridad humana. Las religiones cubren necesidades sociales, perfilan principios y sociabilizan valores. La quiebra del orden y de la sociedad civil crea vacíos que a veces son llenados por grupos religiosos, a menudo fundamentalistas; son peligrosos; salidas falsas que también tenemos que evitar. México no está exento, la diversidad cultural y religiosa es añeja, debemos incorporar el diálogo interreligioso en las políticas públicas del país.

Abogado y profesor de la Facultad de Derecho, UAQ

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