Huayaco de Monpango

El maestro Chávez encomienda al joven Moncayo una tarea muy ambiciosa, ir a Veracruz a conocer la música del lugar y de ahí tomar influencias para escribir una obra propia
10/09/2018
07:22
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Y llegó septiembre, mes de la patria, mes de sentirnos muy orgullosos de ser mexicanos y de usar ropa tricolor, comer platillos típicos, escuchar música folclórica, ver cine nacional, etcétera, durante 17 días. Quiero suponer que soy el único aguafiestas que cada año se pregunta: ¿por qué si estamos tan orgullosos, sólo somos fieles a nuestra cultura durante una parte de este mes  o cuando nuestra selección de futbol logra algunas anotaciones en la portería rival?  No se puede negar que cualquier pretexto es bueno para celebrar lo que sea.

Los que somos músicos integrantes de orquestas en México, vivimos la misma historia en estas fechas. No hay manera de evadir la costumbre de tocar en algún momento del mes una obra que ya es básica de nuestro repertorio: el célebre “Huapango de Moncayo”, obra que incluso se ha llegado a considerar el tercer himno nacional, y aunque se le cambiara el nombre, es una  pieza  tan famosa que es imposible no identificar.

En el siglo XX, la música clásica deja de ser tan clásica y ya no es algo exclusivo de Europa central. Al globalizarse, cada país recurre a sus tradiciones musicales para darle su sello distintivo, y así surge el nacionalismo musical.

La Sierra Gorda es esa extensa y bellísima región de nuestro país conocida como “La Huasteca”, abarca varios estados, entre ellos Querétaro, y una de las principales características es su música: el huapango, que se toca normalmente por pequeños ensambles de tres o cuatro músicos en donde el violín lleva la voz principal, acompañado de jarana y quinta huapanguera. Música bailable y muy alegre con un carácter festivo que contagia. 

Carlos Chávez es uno de los músicos más importantes de México, que vivieron en el siglo XX. Director de orquesta y compositor,  también reconocido por su amplia labor didáctica. Alumnos de composición tuvo muchos, entre otros un jalisciense nacido en la recién iniciada Revolución, de nombre José Pablo Moncayo García. En una época en que el arte del país necesita ser muy mexicano, Chávez inculca en sus alumnos la idea de recurrir a nuestro folclor como elemento esencial en sus composiciones. Chávez, hay que decirlo, no es nuestro primer compositor nacionalista, Manuel M. Ponce y Silvestre Revueltas, por su parte, ya habían escrito extraordinarias obras del mismo carácter.

El maestro Chávez encomienda al joven Moncayo una tarea muy ambiciosa, ir a Veracruz a conocer la música del lugar y de ahí tomar influencias para escribir una obra propia. Según información acerca de la historia de la música en México, Moncayo se basa en tres sones, “El Balajú”, “El Siquisirí” y “El Gavilancillo” para escribir una obra para orquesta sinfónica, que dura cerca de 10 minutos, a la que pone por nombre “Huapango”.

Aquí hay algo bastante interesante que aclarar, son jarocho y huapango no son exactamente lo mismo; el término “jarocho” es gentilicio de la región cercana al puerto de Veracruz y no a la parte de la huasteca que pertenece al mismo estado. Rítmicamente son similares y una de las diferencias es que el son jarocho lleva arpa y los huapangos, violín. El dato curioso es que José Pablo usó sones jarochos para su “Huapango”, y no precisamente huapangos.

¿Es el “Huapango de Moncayo”, la más mexicana de las obras del repertorio sinfónico o el más europeo de los huapangos conocidos? No lo sé.  Es una obra extraordinaria, que magistralmente orquestada mueve nuestras entrañas patrióticas inevitablemente, pero sí, es muy diferente a los “verdaderos” huapangos huastecos. 

Finalmente esa es la característica del nacionalismo musical y artístico en todo el mundo. Una mezcolanza de academicismo con el más puro folclor que le da, a cada país, su propia identidad cultural y al mismo tiempo, lo vuelve universal.
Disfrutemos de las fiestas y ¡QUÉ VIVA MÉXICO!


Mauricio Mayorga Alvarado “El Mosco”, 
violinista de la OFEQ
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