Hiperpolítica

Emilio Lezama

En la hiperpolítica hay dos escenarios: el espacio íntimo de interlocución entre sus miembros y el espacio público en el que mantienen comunicación unidireccional con la realidad.

Jean Baudrillard acuñó el término hiperrealidad para referirse al fenómeno en el que la realidad es sustituida por una simulación aumentada o distorsionada que el sujeto asume real.

La política posrevolucionario fue construida de esta forma (hiperpolítica), como un escenario sobre el cual se montaría una representación frívola y fastuosa de la realidad social, política y económica del país. Lo más importante ha sido la forma, no el fondo. La simulación ha salido victoriosa cuando el público ha confundido la simulación con la realidad.

En la hiperpolítica hay dos escenarios: el espacio íntimo de interlocución entre sus miembros y el espacio público en el que mantienen comunicación unidireccional con la realidad. En el primero los políticos enarbolan un lenguaje adulador lleno de retórica; comunicación no hecha para fluir sino para circunnavegar la idea del poder. En la tribuna pública los discursos buscan la grandilocuencia; ahí las personas se construyen en personajes y buscan como efecto dramatismo y formalidad.

El problema del exceso de símbolos es que esteriliza la posibilidad de interceder en la realidad. La política en México es sumamente protocolaria pero poco efectiva. La simulación no reconoce la existencia de lo que simboliza fuera de sí misma. Al incorporar las cámaras a su teatralidad habitual, el sexenio montó un espectáculo de simulación sin precedentes. La política pública fue sustituida por símbolos de ella; se organizaron protocolos espectaculares para anunciar acciones, pero éstos reemplazaron la ejecución de esas políticas en la realidad; como si la enunciación del acto fuera el acto en sí mismo. Ante la crisis de la casa blanca o las agresiones a periodistas, la clase política organizó un espectáculo fastuoso desde su escenario pero no intercedió en la realidad; el símbolo de la solución se convirtió en la solución.

Lo más refrescante de esta alternancia partidista ha sido ver caer elementos de la simbología de los últimos sexenios. Después de 6 años de una política de set televisivo, fue extraño ver a un presidente electo moviéndose entre la gente, reuniéndose con víctimas de violencia y respondiendo preguntas sin intermediación de productores, como si se aceptara la existencia de un mundo externo lleno de distintas “realidades”.

El riesgo de destruir un universo simbólico es que éste sea reemplazado por otro. Es imposible vivir sin símbolos, pero es conveniente que los símbolos no sustituyan a aquello que representan. Intercambiar la simbología de la opulencia y el poder por la del tupper y la austeridad solo creará una nueva forma de la hiperpolítica. El gran reto del nuevo gobierno no es reemplazar los símbolos sino cambiarlos por acción.

 

 

 

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