Hambre de mentiras

Luis Octavio Vado Grajales

De las bonitas y las desagradables, las que nos pintan las cosas de una mejor manera y las que nos hacen temer por el futuro.

“Está confirmado. Me lo dijo el amigo de un primo que tiene un amigo que trabaja en la empresa que le da servicio de aseo al gobierno: en el próximo partido de México van a aprovechar para dar otro gasolizano” ¿Cuántas aseveraciones así hemos escuchado? ¿Cuántos elusivos “amigos de un primo” que nunca conocemos nos han hecho creer en algo?

Tenemos hambre de mentiras. De las bonitas y las desagradables, las que nos pintan las cosas de una mejor manera y las que nos hacen temer por el futuro. Entre las primeras, recuerdo a un compañero de estudios que feliz afirmaba que “el amigo de un primo” le había dado el método infalible para jugar a ciertas apuestas legales, tal método implicaba una suma más o menos alta de dinero pero con la “certeza” de más que duplicar su monto.

Ya imaginarán ustedes cómo termina la historia. Una mentira bella y prometedora que quedó, dirían en el norte, en agua de borrajas.

Pero las mentiras falsas fascinan. Esas que antes llamaban “bulos” y ahora nombramos “fake news”, que en particular crecen en época electoral. Estas flores negras del campo, regadas por el interés oprobioso o la ignorancia en ocasiones cómplice, tienen dos fines: desalentar la participación, y ofuscar el ambiente nacional.

Para que funcionen deben ser creíbles, como todo buen chisme. Así se recurre a la “figura confiable” del amigo del primo, que nadie conoce ni ha visto, pero que está dotado de prodigioso ubicuidad, una vista de lince y el oído de una lechuza, y cuya boca evidentemente no es bodega. Este ubicuo sujeto bien enterado, siempre está en el lugar y momento adecuado en que la decisión tenebrosa se toma, enfrente de sus narices como si fuera uno de los integrantes del complot.

Siempre ha existido ese recurso, pero ahora se ha modernizado. El amigo (siempre muy cercano) del primo ahora vive en Internet. Habita en páginas de Facebook y hace de Twitter un medio eficaz para informar a todos sus “verdades que quieren ocultar”. Levanta páginas de sugerentes nombres que sirven para atraer a quienes de todo dudan (y bueno, en México nos sobran razones para las dudas) y de ser posible ilustra con fotografías impactantes, convenientemente aderezadas con Photoshop.

Esas mentiras de largas alas hacen pensar en que nada cambiará y todo será como siempre ha sido. Que participar, ya sea votando, en un comité vecinal o en el grupo de acción social, es un esfuerzo inútil, así que mejor nos acomodamos bien en el sillón y seguimos viendo al youtuber de nuestra preferencia. También nos hacen sentir un enojo constante, sordo y acumuliativo, no solo contra el estado de cosas, sino contra personas e instituciones.

No puedo decirle qué es verdad y que es falso. No puedo tampoco negar que nuestro país ha vivido épocas en que el silencio era el cómplice de la rapacidad, que devaluaciones o subidas de precios controlados se hacían en días festivos, entre otras cosas. Pero sí puedo decirle que, mientras no conozca al amigo del primo (ya sea virtual o en persona) confiar en sus dichos es, al menos, un poco riesgoso.

Si llega a conocerlo, por favor, me lo presenta.

 

 

 

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