Guillermo del Toro y los gordos geniales

Juan Manuel Badillo

Mi teoría es que cineasta tapatío Guillermo del Toro tiene tanto carisma y genio que no le cabe en el cuerpo y se le acumula en la panza.

Mi idea es que guarda tantas historias de un mundo propio y extraño, lleno de monstruos y fantasmas y hadas, que se le amontonan en las entrañas, para bien y para mal.

Guillermo “El Gordo” del Toro  y cumplió 50 años y lo festejó comiendo carnitas. No podía ser de otra manera.

“Llevo seis meses de vegetariano”, dijo. El régimen de vegetales va en serio: “Me he resistido a un par de pollos rostizados”, agregó.

Sus propósitos son dos y de toda la vida: “bajar de peso y que no se me caiga el pelo”. No ha cumplido ni lo uno ni lo otro.

Filmó su primera película, el corto Doña Lupe (1985), a los 20 años y escribió el mejor libro que se ha escrito en México sobre el cine de Alfred Hitchcock, editado por la Universidad Autónoma de Guadalajara. Fue uno de los fundadores de la primera Muestra de Cine Mexicano, que luego se convertiría en el reconocido Festival Internacional de Cine de Guadalajara. Hizo todo eso ante de cumplir 25 años.

De niño era gordo, risueño y amiguero; es decir, era igual que ahora, ya de grande. En la primaria conoció a la que primero fue su novia y luego su esposa, Lorenza, y con quien tiene dos hijas: Mariana y Marisa.

Siempre se ha considera un “raro” en todos los sentidos. Ha sido, más bien, un visionario, un aventajado de su tiempo.

Quería hacer cine en un país donde no se hacía cine y menos de terror y fantasía. Hizo animación, con Rigo Mora, cuando no se dibuja para la pantalla grande.

Tuvo que fabricar sus propios efectos especiales, diseñar máscaras, prótesis de monstruos y mecanismos raros. Se la tuvo que ingeniar para filmar lo que quería filmar.

Lo recuerdo, joven e igual de gordo, en una ceremonia del premio Ariel, hace muchos ayeres. Estaba paradito, en el lobby del Palacio de Bellas Artes, no hablaba con nadie, vistiendo un bonito smoking, impecable, casi perfecto, si no fuera por sus zapatos de minero con casquillo. Desde entonces ya pintaba para ser uno de esos genios que da el cine, el arte y la vida.

Lo recuerdo también esperando en una sala de aeropuerto, con su premio Ariel que recibió por Cronos. La estatuilla descansaba en el suelo y se la prestaba a quien se la pedía, como si fuera un trofeo de feria.

El tapatío pertenece a esa estirpe de gordos y genios, como Orson Welles quien terminó siendo una montaña de carne y murió siendo un gigante, física y creativamente. Welles, quien filmó la mejor película de todos los tiempos (El ciudadano Kane) y luego se dedicó a divagar por el mundo, como judío errante, buscando dinero para filmar películas que nadie quería filmar.

Gordos geniales como Marlon Brando, que subió de peso lo más que pudo para no ser bello, para no ser un “carita”, cansado de la banalidad de ser hermoso, un lujo que Dios le dio y la mala vida se encargó de corregir.

Gordos y con ojos de sapo, como el muralista Diego Rivera, a quien, cuenta la leyenda, Elena Poniatowska, jovencita y aprendiz de reportera, le preguntó que por qué estaba tan gordo y recibió una carcajada de respuesta.

Como ser humano, Guillermo del Toro tiene dos cualidades que desarman a cualquiera: suelta carcajadas a la menor provocación y te habla como si te conociera de toda la vida. Pero no como  hacen los políticos, con esa falsa amistad que ofende por que denigra. Lo suyo es honesto, es de verdad, y así siente.

Como cineasta y artista, Guillermo del Toro tiene tantas otras cualidades, muchas, demasiadas, que se le acumulan en la panza. Esa es mi teoría. FIN

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