Grandes amantes: histeria y Valium

María Teresa Priego

En murmullos: “Histeria”. Silencio a cortar con sierra eléctrica. Más murmullos: “Valium”. La mía fue una infancia del sureste mexicano, en los años sesentas. Estas palabras (nefastas) se pronunciaban con solemnidad y dogmatismo, como de capilla o juzgado. El “destino”, había alcanzado a su víctima. El “mal de nervios”, era una enfermedad femenina, que irrumpía. Ocupaba las sábanas, las máquinas de coser, el fondo de las cacerolas, crecía entre las plantas.

Una vez “el mal”, instalado en un hogar, un cuerpo, un imaginario femenino, era imposible de erradicar. Los adultos movían la cabeza de un lado a otro. Los niños suspirábamos, para parecer mayores. Tengo la impresión de que el suspiro de nosotras, las niñas, era más doloroso, más entrecortado.

Ataque de pánico, crisis de llanto, ya estaba: “pobrecita, está enferma de los nervios”. A ese “nerviosismo”, convulsivo y acuático, los médicos le llamaban “Histeria”. Me hipnotizó ese “mal”. Por él llegué a Freud, a Charcot, a las célebres “histéricas”, de los célebres maestros. Hasta llevé flores silvestres, al hospital de la Salpetrière, en memoria de las grandes crisis histéricas, que han ido perdiendo sus fulgores con el tiempo.

“La histeria es un modo de sufrir”. Los modos —concretos— de manifestar el sufrimiento, se transforman con los cambios culturales, y sociales. Nostalgia. Ah, Sarah Bernhardt, Isadora Duncan. Desmayos, sales, aguas termales. Amo a los personajes femeninos de Bergman. Pero es verdad, “el mal de nervios” que yo conocí, nunca tuvo el glamour helenista de la Duncan, ni la fascinación distante de Liv Ullman.

Por el cuerpo femenino “histerizado”, conocí a Foucault, a la Santa Inquisición, a las grandes místicas, a las brujas, a muchas feministas. Leí de los masajes clitoridianos, que a principios del siglo XX eran prescritos y ofrecidos en los consultorios médicos, como cura al “mal de nervios”. Al orgasmo “clínico” se le llamaba: “ paroxismo histérico”. Suena laborioso, ¿verdad?

Infancia. “Histeria”, y “Valium”. Inseparables y pegostreaditos, con sello de amantes trágicos. Tremebundos ellos dos, revolcados en las pasiones más punzocortantes de la condición humana, y el “destino” artero. Como Edipo y Yocasta, Agamenón y Clitemnestra. Así me sonaba. Alguna monjita no se dio cuenta de lo que nos dio a leer, entre el catecismo, y las vidas de los santos.

Histeria, cabellos (ensortijados) al viento, habitaba a una mujer que sufría un dolor indecible. “¿En dónde te duele?”, le preguntaban, la mujer sólo podía señalar un lugar en su cuerpo. “No es verdad”, pensaba yo, que las espiaba milimétricamente, a ellas, a las que sufrían. “No es verdad, lo que a ella le duele, no está en su cuerpo”.

No es que nadie quisiera escuchar a la víctima del “mal de nervios”, es que ella no sabía en qué lugar del espacio sideral, dejó perdida, la exactitud de sus palabras. El fetiche: “Valium”, una veía un pastillo redondo, y bobo, así pasa cuando una no sabe ver. Valium, la abrazaba y detenía el sufrimiento, tenía un savoir faire, del que nosotros –impotentes- carecíamos. Un héroe, un caballero medioeval. No preguntaba nada, la contenía, alejaba insomnios, y crisis. Fuerte y sensible, como un guerrero cultivado.

Un día, me tocó sufrir con mis palabras extraviadas en el espacio sideral, “necesito a Valium”, me dije. Ya para entonces, esa antigualla era el equivalente a dejar el mail, para ir a la oficina de correos a mandar un telegrama. No es el tipo de consideración que detenga mi pensamiento tribal. El pastillo no sirvió para gran cosa, pero por un tiempo, las re-encontré, a ellas, anteº una hoguera primitiva y sacrificial.

Me bebí esos Valiums, en una ceremonia disparatada hacia sus feminidades heridas, hacia mi feminidad herida. Las entendí, las arropé en el túnel del tiempo, aunque nuestros “males” fueran distintos. “Yo sí sabía de ti/ustedes, aunque nunca haya encontrado las palabras para sanarlas. Lo que les dolía, no está en el cuerpo”.

Les pedí perdón muchas veces, por no haberlas salvado de ese silencio que se las comía, repleto de palabras equivocadas. Era una niña. Yo no tenía los poderes de Valium. Yo no era ni el amante idílico, ni Kaliman. Era una niña lectora y culpígena, con propensión a esconderse en los tejados. Más traidor aún: era una niña que se creía con derecho a su futuro, (suyo, propio, de ella misma) y decidida a escaparse, tan lejos a como fuera posible, ¿Dónde queda la ciudad sin “mal de nervios”? ¿En qué idioma hay que vivir?.

En aquellas noches oscurillas, en las que las convoqué, ya adulta -con Valium desempoderado, y feucho, en el sofá- entendí una evidencia secreta y misteriosa: el deber de una niña que no pudo proteger y salvar a las mujeres fundamentales de su infancia, es protegerse a sí misma. Esta artesanía del decir, y sus conflictos

“Qué haces?”. “Deshojando una Margarita”. “¿Qué le preguntas”. “ Eso pensaba, la contrariedad de la Margarita, es que la acosamos con la pregunta equivocada: “¿Me quiere, no me quiere?” “Sí, pobre Margarita, acosada, no entiendo cómo no se pone histérica”. “Ya no se usa, resulta tan anacrónico y vulgar, como las escupideras decimonónicas”. Si la Margarita fuera la vida: pasado, presente, futuro, la pregunta sería: “¿Y ahora, dadora generosa y avara, luminosa y grisácea —cada día ahora— qué voy a hacer con tus hojas?”.

Coordinadora académica del Instituto Simone de Beauvoir

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