Fuego que construye

El fuego ha tenido, desde el descubrimiento de su buen uso por el ser humano, un valor muy superior en contraparte a su capacidad de destrucción, que también es mucha y en ocasiones terrible
03/04/2019
08:48
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Nos hemos convertido en habitantes de la ciudad y sus luminarias. Con el transcurrir del tiempo y gracias a las circunstancias sociales que nos recomiendan evitar aventurarnos, es cada vez menos que nos brindamos la oportunidad de coincidir alrededor de una fogata y mirar con mayor profundidad el cielo estrellado, en especial quienes somos irremediablemente urbanos. Para un servidor, resulta un bálsamo cada viaje de fotografía que realizo por lo menos una vez al año a los lugares donde habita fauna salvaje. Sin embargo, es tal el gusto y el esfuerzo de aprovechar el día, que el cansancio diario me invita a dormir sin regateo alguno y ello me impide disfrutar, como es mi deseo, muchas de las noches claras.

En aquellos años que fuimos jóvenes y, déjenme decirlo de una forma coloquial —más cómodamente responsables—, solíamos acampar en las afueras de la ciudad o en otros destinos apropiados para tal fin, donde era un rito especial el buscar madera seca para encender una fogata con su círculo de protección para evitar cualquier contingencia y  acomodarnos a su alrededor para charlar, tocar la guitarra y preparar algunos alimentos. Irremediablemente las caprichosas formas del fuego y el crujir de la madera nos llegaba a hechizar, cautivándonos de una manera singular. Debo suponer que ello obedece seguramente a algún registro genético del respeto y la importancia que adquirió el fuego desde tiempos inmemorables para aquellos primeros seres humanos que tuvieron consigo el don de la inteligencia.

La experiencia más reciente, de la que guardo memoria, fue hace un poco más de una década cuando tuve la oportunidad de ir a la sierra fría de Aguascalientes con amigos fotógrafos, y alguno de ellos llevó un telescopio para realizar fotografía estelar en una noche espectacular donde se podía observar a simple vista la franja de la vía láctea, una maravillosa posibilidad que se descarta a la luz de las ciudades. Recuerdo la cabaña donde nos hospedamos los días que estuvimos por allá, donde después de la jornada de fotografía rematábamos charlando las experiencias frente a una fogata, en la que  el fuego, en su versión amable, propiciaba un ambiente especial que nos devolvía un poco a nuestra versión ancestral de estar rodeados de naturaleza y de las maravillas de un universo del cual formamos parte.

Para quienes no tenemos el privilegio de disfrutar con frecuencia del campo, el estar lejanos al asfalto se convierte en un verdadero lujo, con un valor intangible muy alto y significativo. No podemos pensar en un sano equilibrio intelectual y emocional si tan solo nos sujetamos a la vida estrictamente urbana, vinculada a todo aquello que conlleva la vorágine del tránsito cotidiano y de la información en audio y video que solemos ver en nuestros ratos de ocio. Muy a pesar de tanto contenido que pretende ser positivo y que afanosamente compartimos a través de nuestros dispositivos electrónicos, prevalece en nosotros la necesidad de rescatar esa intimidad estrictamente personal, junto con la oportunidad de la convivencia con la familia y amistades cercanas. Esos espacios y momentos, permiten fomentar en las nuevas generaciones, los verdaderos valores de la esencia social del ser humano, convirtiéndonos de nuevo en personas vivas y cercanas, con miradas y sonrisas reales que son indispensables para rescatar el valor de la corresponsabilidad, que debemos tener en la comunidad que integra una ciudad entera.

El fuego ha tenido, desde el descubrimiento de su buen uso por el ser humano, un valor muy superior en contraparte a su capacidad de destrucción, que también es mucha y en ocasiones terrible. Por eso me refiero ese fuego que construye, que ilumina y que nos invita a reencontrarnos y activa esos mensajes que siguen vivos en nuestras neuronas y en nuestro DNA, reflejados en las emociones que nos provoca a todos los habitantes del planeta y de este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

 

Twitter: @GerardoProal

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