Eva

Araceli Ardón

Nuestra cultura, proveniente de la visión occidental de Europa, tiene a la madre como pilar.

Durante mi infancia, cientos de veces escuché una plegaria dirigida a la Virgen María que en aquellos venturosos tiempos me parecía una exageración: “Dios te salve, reina y madre de misericordia, / vida, dulzura y esperanza nuestra; / Dios te salve. / A ti clamamos los desterrados hijos de Eva; / a ti suspiramos, gimiendo y llorando, / en este valle de lágrimas”. 

La autoría de esta oración se pierde en la niebla de la historia. Su belleza literaria y el ritmo de sus versos hacen que hasta el más alejado de la poesía la guarde en el corazón. Si se trata de una persona afortunada, se conmoverá al reconocer que hay otros que lloran. Si sufre, sentirá el consuelo de contar con el auxilio de una mujer que es vida, dulzura y esperanza.

Nuestra cultura, proveniente de la visión occidental de Europa, tiene a la madre como pilar. En torno suyo se reúne la familia, sin ella los hijos se pierden, las comunidades se desintegran. 

El origen del saludo viene explicado en el Evangelio: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Lucas 1,26-28”. La referencia a Eva en este poema vincula a la Virgen María con la madre de la humanidad. 

Las escrituras que se refieren a Eva son en su mayoría muy antiguas. Sin embargo, todavía hay estudios vigentes en torno a estos relatos bíblicos. El historiador Stephen Greenblatt describe que, en 1945, un campesino egipcio encontró una vasija grande de arcilla, sellada y protegida de las inclemencias gracias a la calidad de la tierra de Nag Hammadi, una aldea cercana a Luxor. La vasija contenía trece libros de pergaminos cubiertos en piel datados en los años 350 a 400 de nuestra era. 

Entre los textos hay algunos referentes al Génesis, donde Adán habla con su hijo Set, y le comenta que cuando el Creador los puso en el paraíso a él y a su mujer, el hombre se sintió en la gloria y Eva lo inició en el conocimiento de Dios. Eva fue la iniciadora de la cultura.

Tengo el privilegio de contar con la amistad y el cariño de la reconocida poeta Lilvia Soto, cuyo poema “Árbol de palabras” dice: “Mi árbol tiene un tronco poroso y endeble. / Parece un mezquite de los desiertos del norte, / de los campos de batalla de Villa y de Pershing. // Sus raíces son profundas y fuertes. / Tienen años de aferrarse a las tierras flacas / larga experiencia en extraer / nutrición de la piedra, // humedad de lo reseco. [...] Las raíces de mi árbol / han sabido enterrarse más hondo, / cada vez más hondo. / Han escarbado con ahínco, / acumulado fuerzas, / el brío de mi raza, / de todas mis sangres: / la sajona, / la celtíbera, / la apache, / la rarámuri. // Las raíces de mi árbol / han atravesado espacio y tiempo, / han viajado a mis pasados / de madre, / amante, / niña. // Han llegado al pasado / de las mujeres de mi sangre / y las de mi espíritu, / las que me precedieron, / las que escogí, / mi madre mexicana, / mi abuela irlandesa, / mi bisabuela danesa, / mis tatarabuelas / portuguesa, escocesa, / española, apache, / Doña Josefa, / Malintzín, / Eva, / Pandora”.

La poesía de Lilvia Soto nos llega a todos los que descendemos de Eva, seamos hombres o mujeres, porque cada uno es resultado de una mezcla de razas. Somos crisol de culturas, hojas que penden de un árbol enorme, soberbio, bien plantado.

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