¿Estamos en bancarrota?

Arturo Maximiliano García

Si la cultura ciudadana es de brincarse las normas para ganar en lo individual entonces los costos para el Estado para mantener el orden son mucho más altos.

Como se había comprometido, Andrés Manuel López Obrador comenzó en días recientes su gira de agradecimiento. Después de haber arrasado en la elecciones, el tabasqueño adoptó una postura conciliadora, de amor y paz, igual con los empresarios con quienes tuvo grandes enfrentamientos, como con personajes que habían sido sus oponentes tanto electorales como políticos. Pero, cuando el presidente electo tuvo que salir a reencontrarse con la gente que mayoritariamente le dio el triunfo, declaró al país en bancarrota. ¿Estamos en bancarrota?

En principio, es un alivio no estar en la situación de otros países, por ejemplo, Venezuela y Argentina, uno de izquierda y otro de derecha, por aquellos que crean que es tema de geometría política; aunque tampoco podemos decir que nos hemos acercado a los niveles de los países primermundistas a cuyos índices de bienestar hemos aspirado históricamente, o que nos hemos alejado de los tercermundistas a los cuales nos decían que ya no perteneceríamos desde que entramos al GATT y la OCDE, este último considerado el club de los países ricos.

Nuestro México vive su peor etapa en materia de seguridad, la cual está costando miles de vidas cada año, y que acaba con millones de vidas de otras formas, con la trata de personas, el secuestro, la extorsión y robo de menores, entre muchos otros delitos que tienen a la sociedad como rehén de grupos delictivos que se adueñan del control de ciudades, puertos y carreteras. La violencia, el poder de la delincuencia y la falta de autoridad también inhiben el gasto de los consumidores y provocan la quiebra de miles de negocios en México. Los autos, las joyas, las casas tienen un riesgo latente de ser robados; a la vez que si acumulas patrimonio eres secuestrable, por lo que algunas decisiones del gasto de un grupo de particulares están frenadas por el miedo más que por falta de capacidades. El consumo es determinante para el crecimiento económico, genera empleos, causa impuestos y es un detonante de un círculo virtuoso que mueve la economía, pero la inseguridad lo frena y esto contiene una parte del crecimiento potencial.

Por otro lado, el gobierno está gastando poco en lo que debería. La inversión pública de la federación es la más baja desde 2011, según la Auditoría Superior de la Federación, incluso ha sido negativa, afectando, según el mismo dictamen de la ASF, “la actividad económica, la competitividad, el entorno para la productividad e, incluso, la cobertura y la calidad de la provisión de infraestructura y servicios públicos.” El dinero que no está inyectando el gobierno a la economía, tomando en cuenta que es otro de los grandes elementos para el crecimiento, se va a pago de deuda, que ha aumentado, así como para el pago de pensiones, dejando de lado el gasto en infraestructura que produce e impulsa sectores económicos determinantes para apuntalar el PIB.

Si nos asomamos a los números de la inversión extranjera directa, ésta, también, ha caído. Si bien es cierto que algunos sectores son muy exitosos en este rubro, aún no se logra detonar la llegada de capital en más actividades económicas que generen más empleos formales y legales, por lo que seguimos muy por detrás de Brasil, quien a pesar de su inestabilidad política sigue siendo más atractivo en este renglón.

Por si fuera poco, nuestra sociedad ha perdido civilidad y valores, aportando cada vez menos en las cosas que sí le toca hacer, por lo que la crisis se agrava, la económica y la social. Si la cultura ciudadana es de brincarse las normas para ganar en lo individual entonces los costos para el Estado para mantener el orden son mucho más altos.

Estas condiciones son, por decirlo de bancarrota, no sé si técnicamente hablando. Pero, sin duda, ponen en riesgo la viabilidad de uno de los países con más potencial de crecimiento en el mundo. Nos podemos pelear con la definición, pero no con una realidad que debe revertirse.

 

 

 

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